viernes, 31 de marzo de 2017

Justicia

Es posible que a lo largo de los últimos años hayáis oído hablar al Ministro de Justicia de papel cero, expediente digital o algo parecido. Al ministro actual, o a cualquiera de los dos o tres anteriores, o más. La idea lleva tiempo apareciendo por las ruedas de prensa del ramo. Se suele acompañar de noticias sobre archivos judiciales inundados o comidos por las ratas: esto me afecta a mí personalmente, porque aunque actualmente no tengo inundaciones ni ratas en el archivo que manejo, lo que tengo son problemas de espacio para archivar expedientes.
Se supone que, más o menos, el expediente digital ya está en marcha. La administración autonómica de justicia de la que yo dependo se está gastando un dineral en cosas como, por ejemplo, poner un segundo monitor a los funcionarios, para que puedan trabajar como actualmente y a la vez ver el expediente en la otra pantalla; o también se está gastando muchísimo más dinero en folios.
¿Cómo? ¿Más dinero en folios por el papel cero? ¿Esto cómo se come?
Pues bien. Resulta que, como consecuencia de este nuevo sistema, los abogados deben presentar cualquier documento en versión digital, a través de un sistema establecido al efecto. Así que cualquier escrito, factura, foto, etc, que se presente, estará en el expediente digital.
Entonces pueden pasar dos cosas. En el juzgado en el que trabajo ahora, por ejemplo, cuando, en el juicio, un abogado pide que se exhiba al testigo determinado documento, la respuesta de su señoría es que no se puede, porque ese documento, aunque consta en las actuaciones, no se ha imprimido. Se ahorra papel, sí, y la mayoría de las veces no es necesario que el testigo vea la factura para que la reconozca, que ya sabe qué se está discutiendo; pero hay veces que aclararía mucho las cosas que el testigo, y de paso el juez y el abogado de la otra parte, pudieran ver la foto, o el plano, o lo que sea.
La otra opción, claro, y creo que la más habitual, es que sea el juzgado el que imprima todo eso que los abogados han presentado digitalmente. O sea: el abogado tiene un documento, lo escanea, lo envía al juzgado, y el juzgado lo imprime. Papel cero.
Y podría parecer que, en los juzgados que actúan según la primera opción, al menos sí se ahorra papel... Pero no, o no tanto: si la sentencia se recurre, hay que enviar todo el expediente a la Audiencia Provincial. Y los magistrados de la Audiencia Provincial no saben, o no quieren, o no quieren saber estudiar el procedimiento en su versión digital, con lo cual hay que imprimir todo lo que no estaba impreso. Y es más: los funcionarios de la Audiencia Provincial no saben, o no quieren, o están muy ocupados para imprimir todo eso, con lo cual devuelven el procedimiento al juzgado para que este lo imprima todo y lo mande de nuevo a la Audiencia.
No sé cuántos años llevamos hablando del papel cero, y todavía estamos así.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Fútbol

Esta semana la clase de mi hijo mayor, que tiene diez años, ha recibido la visita de un enviado de la liga de fútbol. Un señor que les ha organizado unas actividades, dentro de la clase de educación física, en las que se les intenta inculcar a los alumnos ciertos valores, con el ánimo de que de mayores sean futboleros (y futboleras, claro) respetuosos.
Y a mí no acaba de parecerme bien. Hace poco Molinos publicó esto, donde habla (un poco) del fútbol. Y creo que tiene razón. El fútbol ya consume gran parte de nuestra vida. De ser un entretenimiento poco más que dominical ha pasado a ser el eje central de la vida de demasiada gente. Si determinado futbolista hace publicidad de calzoncillos, es padre, se afeita la barba o se tira un pedo, se convierte en noticia, capaz de abrir el informativo deportivo. El fútbol se ha comido el pastel, no hay margen para otros deportes, siendo precisamente el fútbol el deporte con mayor violencia entre los aficionados: le sigue el baloncesto, pero muy de lejos.
El año pasado, en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, hubo un problema en las pruebas de atletismo: la futbolización del público. La gente en las gradas cantando, silbando, pitando, para animar a sus atletas o, sobre todo, para incomodar a los adversarios. Algo nunca antes visto en atletismo. Pero parece que lo que ahora nos educa como asistentes a espectáculos deportivos es el fútbol, un deporte que nunca ha sido modélico en eso (ni en otras cosas, algún día hablaremos del respeto al árbitro).
Lo que quiero decir con todo esto es que habría sido mucho mejor que el colegio dedicase esa hora de  clase a promocionar la práctica de otros deportes, y no la asistencia como espectadores al fútbol. Que quitar un poquito de poder sobre nuestros hijos a personajes como Cristiano Ronaldo no nos vendría nada mal.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Han pasado quince años

Yo en aquella época trabajaba  en la calle Fernández de los Ríos. A veces, mi novia venía y comíamos un menú del día por la zona. No siempre, pero casi, íbamos al mismo sitio. Puedo recordar perfectamente la esquina en que estábamos comiendo aquel día.
Mi madre llevaba casi una semana hospitalizada. Era viernes, y el lunes había sufrido un infarto. Después del susto inicial, todo iba bien; aquel día le iban a hacer un cateterismo. En aquella comida yo le decía a mi novia que, cuando mi madre saliera del hospital, tendría que venir a comer a casa un día para presentarla.Ya llevábamos saliendo más de un año.

Estábamos con los postres cuando llamó mi hermano Ricardo:
- Me han llamado del hospital. Mamá está mala. Ve corriendo.

Dejé allí a mi novia y fui corriendo al metro. Tiempo después (no recuerdo si días, semanas o meses) me confesó que ella supo lo que había pasado en cuanto oyó la llamada. Yo no.

***

¿Habéis ido en metro al Hospital Universitario La Paz? Una salida del metro Begoña da al hospital, pero en realidad esa estación de metro está al otro lado de ese tramo de autopista que es, a la vez, el inicio de la carretera de Colmenar y la M-30. Cinco carriles por sentido, si no recuerdo mal. Y todo eso lo tienes que cruzar bajo tierra, por los túneles del metro. Da tiempo a pensar mucho mientras cruzas esos túneles...
Fue al salir del vagón cuando lo pensé por primera vez. ¿Y si se ha muerto? Y durante todo el tiempo que tardé en salir de los túneles tuve un diálogo interior circular: "no, es imposible, es muy joven", "sí, pero, ¿y si se ha muerto?"

***

No sé muy bien cómo llegué, pero sí recuerdo cómo era aquel pasillo: oscuro, no muy ancho, para ser un hospital, vacío, salvo dos personas a medio camino... y se oía perfectamente a una mujer que lloraba a voces. Y pensé, pobre mujer, lo que le haya pasado no se lo deseo a nadie. Me acerqué a preguntar a esas dos personas que había en medio del pasillo. Una de ellas se marchó discretamente. La otra resultó ser el médico que le había practicado el cateterismo a mi madre.

El médico ( algo más bajo que yo, pelo castaño claro, con gafas redondas) empezó a hablar, y no recuerdo ni una palabra de lo que dijo. No me enteré. Me estaba explicando cómo había muerto mi madre. Yo de eso me enteré después, cuando uno de mis hermanos se lo explicaba a otra persona, porque en cuanto el médico empezó a hablar, me di cuenta de lo que me estaba explicando y me dediqué a intentar contener las lágrimas y asimilar lo que me estaba diciendo. Cuando acabó de hablar, le pregunté si había alguna posibilidad de que nos hubiéramos confundido y me estuviera hablando de otra persona. No sé, a veces se oyen historias de médicos que se equivocan y cortan la pierna buena, y cosas así. Quizá se había muerto la madre de otro... pero no. Me preguntó el nombre de mi madre, se lo dije, y negó con la cabeza. Entonces ya no pude contener las lágrimas, y llorando le pregunté dónde estaba mi familia. Abrió una puerta, y allí estaban mi padre, mis hermanos y mi hermana mayor, que resultó ser la mujer que lloraba a voces.

***

Ya han pasado quince años.

jueves, 16 de febrero de 2017

Feve

Hace un mes, poco más o menos, quise desplazarme un viernes por la noche a Avilés. Iba a asistir a un concierto, y tenía la alevosa intención de beber entre una y quince cervezas, por lo cual decidí desplazarme en transporte público y no conduciendo mi propio vehículo. Entiendo que hasta ahí es todo bastante razonable, ¿no?
Como nunca he ido a Avilés en tren ni en autobús, intenté informarme en internet. Mi primera intención fue desplazarme con Feve, dado que no hay línea directa de Cercanías Renfe de Gijón a Avilés, y la estación de autobuses me queda un rato más lejos. Una primera búsqueda en google me llevó a esta página. Así, a primera vista, parece fiable. El problema es que no funciona.
Ese buscador de feve me daba como resultado que no se puede ir de Gijón a Avilés, ni directamente ni haciendo transbordo; lo cual, según esto, es mentira.
Así que fui en autobús.
Pero me sentó mal, así que encontré esta página y dejé un mensaje explicando lo que me había pasado.
Y me olvidé del tema: fui al concierto, lo pasé muy bien, me tomé más de dos cervezas y menos de catorce, y me llevaron en coche de vuelta a casa. Todo bien.
El martes siguiente recibí un mensaje de correo, que decía esto:

Estimado Sr. Nubian Singer

 Puede que esté entrando en la antigua página web de Feve, que no está disponible.

Debe entrar a través de la página oficial de Renfe.

Reciba un cordial saludo.


Y digo yo:
A ver, carajo, la página está disponible. Si no estuviera disponible, yo no habría accedido a ella. Lo que ocurre es que no funciona. Y no solo está disponible, sino que es el primer resultado que arroja Google. Así que quizá alguien en Renfe, o Feve, o lo que sea, debería eliminar la página, y hacer las gestiones que correspondan para que el primer resultado de Google sea un buscador activado.
Que parece como si quisieran que feve funcionase mal aposta.

lunes, 16 de enero de 2017

Gusanito

Supongo que a estas alturas todos sabemos ya qué es el anisakis. Y también habremos visto todos el video del plato de pescado con un gusanito agitándose, grabado al parecer en una cena de nochevieja en una sidrería de Oviedo. Aquí tenéis la noticia, y aquí tenéis lo que dice la sidrería al respecto.

Y, bueno, puede ser que la actitud de la mujer no sea la más adecuada: sufrir un percance e intentar utilizarlo para sacar tajada. Pero peor me parece la actitud de la sidrería. Dicen que tuvieron muchísimo trabajo, sirvieron cuatrocientas y pico cenas aquella noche, el pescado fue un cambio de última hora que no aparecía en el menú previamente pactado... Excusas bastante burdas.

Y la asociación de hosteleros organizando una comida en esa sidrería, para mostrar su apoyo. Un montón de propietarios de restaurantes de los alrededores se reunen a comer allí para mostrar su apoyo a ese pobre hostelero, víctima de una campaña mediática de descrédito. Al revés, justo al revés, de lo que deberían haber hecho: reconvenir públicamente a un establecimiento que daña la imagen del sector, al descuidar normas básicas sanitarias, como son congelar el pescado antes de cocinarlo, o asegurarse de que éste alcanza cierta temperatura durante cierto tiempo al prepararlo.

Que estás jugando con la salud de la gente, coño. Que está en tu mano decir "no puedo atender tantas cenas, voy a servir diez o veinte menos", por ejemplo. Que no me parece que se pueda disculpar un error como ese. Que la mujer tendría que haber llamado a la policía municipal.

viernes, 4 de noviembre de 2016

La mujer desagradable

Lo primero que me llamó la atención de ella fue el chicle. Masticaba el chicle con la boca abierta, y en el largo pasillo de hormigón resonaba el eco de sus mandíbulas estrujando el chicle cada ver que mordía.
Luego su voz, ligeramente ronca, quizá gastada por hablar siempre a gritos. Reclamaba la atención de su acompañante, mirando a un niño, probablemente su nieto, aprendiendo a nadar en la piscina.
Ahí ya pensé que esa mujer era muy desagradable.
Otro día entramos detrás de ella en la piscina. Nos asignaron una taquilla debajo de la suya. Y ahí, la señora, guardando sus pertenencias en la taquilla, mientras el pequeño y yo esperábamos a que se quitara de en medio para acceder a la nuestra, se lo tomaba con calma.
Ahí yo ya le había cogido tirria.
Y entonces cierra su taquilla, y se pone a hablar a voces con otra mujer, sin moverse. Y el niño y yo detrás, a un lado, esperando que se aparte.
Entonces ya echaba de menos el bate de béisbol.