miércoles, 31 de enero de 2018

Cinco cosas que no me gustan de Asturias

Llevo ya más de diez años viviendo en Gijón, y creo que venirnos a vivir aquí es la mejor decisión que hemos tomado en la vida. No obstante, no todo es maravilloso. He aquí un listado de las cosas que no me gustan:

1- La gente (I). La gente, así en general, es un poco maleducada, al menos para el estándar madrileño. Es bastante común que se dirijan a ti lanzándote una pregunta así, directamente, sin un oíste, un perdona o un disculpe. Esto me ocurrió especialmente aquella temporada que estuve de reponedor en una gran superficie. Estaba ahí, colocando mis postres lácteos, y una voz a mi espalda decía, por ejempo: ¿Ónde tienes las fesorias? ¿Y se supone que yo tengo que saber que se dirige a mí?

2- La gente (II). La gente, así en general, es un poco maleducada. Por ejempo: dos personas se encuentran cuando una entra y otra sale, en la puerta de un local comercial. Da igual que sea un bar, una frutería o un salón de belleza. Estas dos personas se conocen y hace mucho tiempo que no se ven, así que se paran a charlar y a contarse sus  cosas. No se han dado cuenta, pero están en la puta puerta, así que cuando una tercera persona quiere entrar o salir del local, esta tercera debe llamar la atención de las dos primeras para que se aparten y dejen paso. Hasta aquí, todo normal: pasa en las mejores familias. En un lugar civilizado, las dos primeras se mantendrían ya apartadas, permitiendo el paso de quien quiera entrar y salir del local. Aquí, al menos en Gijón, no. Aquí, después de dejar pasar a la tercera, las dos primeras recuperan su posición inicial, movimiento que se repetirá después de la cuarta, la quinta y la sexta. A la séptima ya, encima, las dos primeras empezarán a poner mala cara cada vez que alguien les interrumpa su conversación para entrar o salir. No siempre es así, claro, pero esto es mucho más frecuente de lo que debería.

3- La gente (III). Esto ya no es mala educación, sino usos sociales totalmente distintos de los de mi lugar de origen. Aquí la gente toca a los niños. Vas andando por la calle con un niño o bebé en su silla o su carrito, y cualquier desconocido (especialmente ancianos) se pone a hacerles monerías, le ofrece caramelos (aunque sea demasiado pequeño para eso), y le hacen cosquillas, le pellizcan las mejillas, o cualquier otro tipo de carantoña. La primera vez que me pasó fue horrible.

4- La gente (IV). Es curioso que, viendo en el punto 2 lo que molesta que se interrumpan las conversaciones en las puertas, no tengan reparo alguno en interrumpir conversaciones en otro ámbito. Es decir: estás tomando un café charlando con alguien, y de repente llega otra persona, saluda a ese alguien, y se ponen a charlar tranquilamente. Una conversación a la que no se te invita sobre un tema del que no tienes el más mínimo conocimiento.

5- La gente (V). Yo esto lo achaco a que aquí no hay metro: no hay carteles en ningún sitio que indiquen que hay que dejar salir antes de entrar. En consecuencia, eso de pararse en la puerta y dejar que salga alguien se practica mucho menos de lo que debería.

A ver lo que tardan ahora mis amigos y conocidos asturianos en darme de palos...

martes, 2 de enero de 2018

Lo que he leído en 2017

Después de un par de años sin resumen de lecturas, aquí viene el de 2017:


Continuación o precuela de La verdad sobre el caso Harry Quebert, o mejor, ninguna de las dos. Ambas novelas comparten protagonista, pero nada más. En ninguna de ellas se hace referencia a los hechos narrados en la otra, lo que es extraño en tanto que las dos se estructuran con los mismos saltos temporales. Me ha gustado bastante menos esta especie de segunda parte. Desde el principio se nos habla de el Drama, algo que ocurrirá al final de la novela, a modo de cebo. Y no me gusta, me parece tramposo, un truco barato. Aparte de esto, que me sacaba de la historia desde el principio, el libro atrapa, igual que Harry Quebert. 
Quizá no me haya gustado tanto por ser menos novela negra y más drama vital de  los personajes.


Primera parte de una trilogía protagonizada por Publio Cornelio Escipión, al que por lo visto, en la segunda o tercera parte empezarán a llamar Africanus; en esta primera parte, este romano ni siquiera ha pisado África. Me ha recordado mucho, sobre todo al principio, a una novela de fantasía, espada y brujería o falsa edad media, como queráis llamar a ese género. Legionarios, trirremes, viajes a caballo, batallas a espada... todo eso. 
En general me ha gustado, aunque no sé si lo suficiente como para leerme los dos siguientes.


La novela de la tuitera @Barbijaputa. Lo he leído en papel, es un regalo que alguien le hizo a otra persona que amablemente me lo ha prestado (sin haber sido capaz de leerlo previamente). Y, pues... en fin... qué coñazo de libro, ¿no? Es una novelita de amor y desamor, salpicada con los episodios convenientes para poder incluir un poco de proselitismo feminista. Que eso no es malo en sí mismo, pero es que el resultado acaba siendo aburrido. No obstante, he sido capaz de leerlo hasta el final, o sea, que podría ser peor.
Me lo hubiera ahorrado y no perdía nada.


Voy a salir de casa y recuerdo que no tengo nada que leer, así que rebusco un poco y cojo lo primero (o lo segundo) que encuentro.Así es como he vuelto a leer este librito de El Barco de Vapor, en cuya primera página, con la letra de mi madre, pone
Pablo
Reyes 1989
Y el caso es que no recordaba nada de él, más allá de haberlo leído en su día. Así que me ha gustado leerlo de nuevo. No es ninguna maravilla, pero después del de Barbicoñazo dan ganas de darle el Nobel a su autor. No llega a las 200 páginas; se supone que es para mayores de 12 años, en Reyes del 89 yo tenía 13, pero creo que se puede leer con 10 tranquilamente.
Así que para un apaño está muy bien.

5- Morbo gótico, de  Ana Ballabriga  y David Zaplana.

No sé muy bien cómo llegó este libro a mi ordenador. Recordaba que una de mis hermanas lo había leído, y lo metí en el libro, un poco por a ver qué tal. Y al principio no me gustó nada, y pensé que había sido un error y que me iba a costar acabar con él. No sé muy bien  por qué; es cierto que tiene un detalle que me resulta molesto, eso de no poner guiones en los diálogos, pero había algo más que no puedo identificar. Esto me duró, aproximadamente, el primer tercio. Luego ya le cogí el gusto, me acostumbré a los diálogos sin guiones, y hasta el final. 
No obstante, no sé si leería una segunda parte.

6- El desorden que dejas, de Carlos Montero.

Segunda  novela negra del año. En general me ha gustado bastante, y aunque le cuesta arrancar, engancharme le ha llevado menos que a Morbo gótico. Más o menos empezando el final de la novela llega un punto en que, por un lado, no puedo dejar de leer, pero por otro lado la trama, o más bien algún personaje, me está decepcionando. Una cosa que no me gusta de este tipo de novelas es que, muy frecuentemente, algún personaje tiene superpoderes. Es decir, lo mismo te encuentras con una hacker (¿ha dicho ya la RAE que hay que escribir jáquer?), que un tipo que no puede sentir dolor, o una investigadora con memoria fotográfica, o que nunca olvida una cara, o un asesino con personalidad múltiple... Aquí hay un poquito de eso. Y no me ha gustado. Y tampoco me gusta la forma en que los personajes ocultan información: ese rollo de "te contaría esto ahora, pero si lo hago me quedo sin novela", que se gastan un par de personajes.
A pesar de todo ello, no podía parar de leer; tan mala no será.

7- Los crímenes del abecedario, de Esteban Navarro.

Segimos con novela negra. Escogí esta novela tras leer un comentario (solo un poco) negativo en twitter. Este comentario, creo recordar, criticaba únicamente la construcción de los personajes. Yo añadiré que, además de personajes demasiado arquetípicos, están dibujados malamente y la novela un poco mal escrita, especialmente al principio. A pesar de esto, la historia está más o menos bien construída, y el previsible final tiene buen ritmo y se deja leer con gusto.
Sin ser un castigo, tampoco merece mucho la pena.

8- Las legiones malditas, de Santiago Posteguillo.

Pues al final me he animado a leer la segunda novela de la trilogía, y me alegro un montón. Aquí todo es más que en la primera parte: más páginas, más batallas, más política, más traiciones, (mucha) más sangre, más elefantes... Si tengo que decir algo negativo, no me ha gustado el asunto del nombre de Netikerty, pero es muy poca cosa para las más de ochocientas páginas que tiene el libro. Así que me tendré que leer el tercero en algún momento.
Por Castor y Pólux, leedlo.

9- Donde los escorpiones, de Lorenzo Silva.

No sé cuántas novelas hay de Bevilacqua. Yo sólo he leído esta y El alquimista impaciente. La segunda, si no recuerdo mal, me gustó. Esta me ha encantado. La trama en sí misma no es nada del otro mundo; es probablemente la descripción del universo cerrado de la base militar lo mejor del libro. También, he de confesar, me gusta el lenguaje rebuscado que emplean tanto el narrador como el protagonista.
Que está muy bien, vaya.

10- La viuda, de Fiona Barton.

Empecé a leerlo y pensé "vaya, siempre me pasa lo mismo: al principio no me gusta, luego me engancha y al final me encanta". Pero no. Al principio me costó un poco, y tanto la viuda como la periodista me desagradaron, especialmente la viuda. Sí es cierto que luego me enganchó, y me gustó el inspector, pero el final no me gustó nada, me dejó frío del todo. Y ya está, no puedo decir mucho más.
Ni fu ni fa.

11- Perdida, de Gillian Flynn

Pues, como siempre, al principio no me gustó. Lo cierto es que tardé bastante en cogerle el punto. Los protagonistas me cayeron bastante mal, la historia en sí misma tampoco me hacía mucha gracia y había algo en la forma en que está escrito que me tiraba para atrás. De hecho, me costó más de lo habitual engancharme... pero cuando me enganché, fue a tope. No empaticé en ningún momento con los protagonistas, menudo par de cretinos, pero la trama, el ahora qué va a pasar, me agarró con fuerza. Una lástima, eso sí, el final es muy decepcionante.
El horror. Es la tercera parte de la trilogía de Escipión, y es, con diferencia, la más larga y más peor. Un sufrimiento. Por si esto fuera poco, tarda infinito en acabar. Escipión se muere, y la novela no. Todavía hay que atar cabos y cerrar tramas que, en realidad, (a mí) no (me) interesan ni un poquito. Es que no puedo decir nada bueno de este ladrillo.
No lo toquéis ni con un palo.

13- La sonrisa de Madrid (El olivar de Atocha I), de Salvador Maldonado.

Limpiando el trastero de casa de mis padres, en una caja con otro montón de libros, apareció este. M. Teresa. Reyes 1989, pone, en la primera página, la letra de mi madre. Recuerdo que ella me contó, al leerlo, que le gustaba porque la autora era amiga suya, y cosas que aparecen en la novela se las había contado en su momento. Así que cómo no iba a leerlo. 
En cuanto al libro en sí mismo, pues está bien. No es que me haya enganchado a tope, pero se lee fácil, es muchísimo más entretenido que La traición de Roma, lo cual se agradece, pero tampoco vuelve loco. Destacan, a mi juicio, los diálogos, ágiles y carcas (la acción transcurre en el cambio de siglo, del XIX al XX). Algo había en ellos que me llevaba a Fortunata y Jacinta.
De momento, interesante. Habrá que leer los dos siguientes.

14- Manual para señoras de la limpieza, de Lucia Berlin.

Pues bueno. Este libro tiene un problema: es una colección de cuentos. Y no me gustan los libros de cuentos. Así que empezamos mal. Por lo visto son en buena parte autobiográficos, y Lucia tuvo una vida ajetreada, de aquí para allá en el continente americano, parando de vez en cuando a bajarse una botella de Jim Beam. Así que los cuentos se desarrollan en Chile, México o Estados Unidos, y el alcohol está siempre presente ahí. 
Me lo podría haber ahorrado.

15- Todo esto te daré, de Dolores Redondo.

Estupendo, la verdad. Después de tres libros que, en el mejor de los casos, ni fu ni fa, es maravilloso que uno te atrape. Tiene un pequeño inconveniente, para mi gusto, que ya tenían los de la trilogía de Baztán, aunque me da la impresión de que en este se da mucho menos: las largas parrafadas describiendo los sentimientos de los personajes, que a veces a mí se me hacen incomprensibles. Debo ser un poco insensible, qué le voy a hacer. Aparte de eso, y de que quizá hay demasiados muertos, me ha gustado mucho.
Muy recomendable.

16- El fabricante de lluvia, de William Camus.

Llevaba todo el curso buscando este libro para dárselo a leer a mi hijo mayor. Al final lo encontré y me lo leí yo, claro. Tenía un estupendo recuerdo de él. Me gustó muchísimo, hace treinta años. Es el primero de una serie de cuatro o cinco, pero está muy por encima de los demás. Releído con más de cuarenta años no es tan impactante, claro, pero tampoco está mal.
Leedlo, cuanto antes mejor. Y que lo lean vuestros hijos.

17- La brigada de Anne Capestan, de Sophie Henaff.

Pues bien. Una novela negra, o más bien gris oscuro, con sus toques de humor francés (que se caracteriza por no hacer mucha gracia), pero entretenida y que se lee rápido y bien. No puedo decir mucho más de ella, la verdad. Parece ser que se publicará una segunda parte y sí, me gustaría leerla. 

18- Cincuenta sombras de Grey, de E. L. James.

Bueno, pues me da un poquito de vergüenza, pero sí, me he leído esto. Y, la verdad, como pornografía está más o menos bien, pero nada más. Tiene algunos párrafos rarunos y expresiones extrañas, que no sé si es que están mal escritos o mal traducidos, y la trama es de telefilme para la siesta del fin de semana. Es un poco como ver tetas y culos en Antena 3 un sábado a las cinco de la tarde.
Nos queda "uau", "nena", "exquisito", y "poner los ojos en blanco".

19- La estrella del diablo, de Jo Nesbo.

Después de las sombras, y de dos libros que he intentado leer pero he abandonado, me ha parecido una maravilla. Es el quinto volumen de las aventuras de Harry Hole, serie de la que me he saltado los volúmenes uno y dos, pero no es necesario haberlos leído. Novela negra, con su misterio misterioso y su malo malísimo. Lo único que no me gusta es esa parte en la que el malo explica lo que ha hecho y por qué; está bien traído, pero es un recurso agotado, creo yo. 
Merece la pena.

Pues esto ha sido todo. No está mal, 19 libros, aunque hay dos que son novelitas infantiles que se leen en un ratito. A pesar de eso, creo que este año he leído bastante (para lo que suelo leer yo). El año que viene, más.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Los chavales de Altsasu

Supongo que sabéis lo que pasó, más o menos: las fiestas del pueblo, unos guardias civiles fuera de servicio que entran a un bar a seguir bebiendo y acaban recibiendo una paliza a manos de un grupo bastante numeroso. A consecuencia de estos hechos, uno de los guardias hubo de ser intervenido quirúrgicamente y ocho personas ingresaron provisionalmente en prisión. El otro guardia civil y las parejas de ambos sufrieron lesiones leves.

Desde entonces ha pasado más de un año y esas ocho personas siguen en prisión provisional. Se les acusa de cometer delitos de lesiones terroristas y amenazas terroristas, y por lo tanto las penas de cárcel que se piden suman unos 50 años para cada uno.

Sigo en twitter a algunas personas que van contando uno a uno los días que estos acusados pasan en prisión, refiriéndose a ellos como los chicos de Altsasu. Consideran que no se trató de un acto de terrorismo, sino de una simple pelea de bar, y que tanto la petición de 50 años de cárcel como el año de prisión provisional que ya llevan encima son castigos absolutamente desproporcionados.

Bueno, pues yo estoy parcialmente de acuerdo con esto. No se trató de terrorismo. Entiendo que el terrorismo implica premeditación, planificación, intencionalidad previa. Y todo esto ocurrió de repente: nadie, ni las propias víctimas, sabía que iban a acabar emborrachándose en aquel bar a las tres o cuatro de la mañana. Así que sin premeditación ni intencionalidad política no hay terrorismo. 

Ahora bien... tampoco fue una pelea de bar normal. No se calentaron por un me has mirado mal, ni nadie le tocó el culo a la novia de nadie, no se derramó accidentalmente una consumición. Uno de los agresores reconoció a una de las víctimas como guardia civil y les dieron una paliza por eso. Se me ocurre que es algo parecido a un par de comunistas que entran en un bar de nazis... (vaya, ya salió Hitler en la discusión, ¿eso no tenía un nombre?)

Es decir, estamos ante un delito de odio. Un grupo de personas, amparadas en la masa, apalizan a dos guardias civiles y sus parejas por el hecho de ser guardias civiles. Me parece bastante claro. Lo que sí parece bastante desproporcionado es el año de cárcel provisional  y los 50 años que pide la fiscalía. Parece que odiar a la guardia civil sale más caro que odiar a... no sé, gitanos, negros, mujeres, homosexuales, extranjeros...
 

martes, 3 de octubre de 2017

Banderita tú eres roja

La bandera oficial es la que nos representa a todos los españoles, sin importar la ideología ni la procedencia  de cada uno.

Con lo sucedido este domingo en Cataluña he cometido el error de enzarzarme en dos o tres discusiones iguales, sobre el mismo tema. Y esta frase la he leído un par de veces: la rojigualda es la bandera de todos los españoles, nos representa a todos y no hay por qué usar otra. No es la primera vez que la oigo, y siempre ocurre que quien la dice es de derechas. 
Al fin y al cabo, dicen, es la bandera que ha representado a España desde el siglo XVII (aunque hay gente que se la atribuye a los Reyes Católicos), nunca se ha utilizado otra, salvo durante la segunda república, es la que se aprobó en la Constitución.
Más o menos esos son los argumentos que se suelen dar. Pero resulta que no es así. Es decir, los argumentos son ciertos, pero no válidos. Me explico.
Los símbolos cambian con el paso del tiempo. Y su significado también. El ejemplo más obvio de esto es la cruz gamada: antes de los nazis significaba una cosa (o varias distintas, según el lugar); después de Hitler tiene otro significado radicalmente distinto.
A la bandera española le pasa algo parecido. No tengo muy claro qué sentimientos despertaría antes de la segunda república, pero con la aparición de la tricolor, la rojigualda cambió su significado, pasando a ser un símbolo monárquico. Y después llegó Franco, y la bandera dejó de ser monárquica para ser franquista. Y llegó la Constitución... y la bandera pasó a considerarse constitucional, pero siguió representando solo a una parte del espectro ideológico.
Los responsables de esto son, a mi juicio, los partidos de izquierda relevantes en aquel momento, es decir, PSOE y PCE. Porque intervinieron en la redacción de la Constitución, aceptaron que la bandera siguiera siendo la misma, con una modificación en el escudo, pero luego no la aceptaron como propia, rechazaron emplearla en sus actos públicos, dejando a la izquierda falta de un símbolo nacional. 
Así, en los mítines de PSOE y PCE (y luego IU) y demas partidos más o menos de izquierda dejó de haber una bandera que representara a España. En manifestaciones y demás siempre aparece una bandera republicana, desde que tengo uso de razón y me fijo en ello, pero nunca hay ninguna rojigualda. Si es que hasta lo escribo en cursiva porque la palabra ya me da repelús.

Así que no, la bandera oficial y constitucional sólo nos representa a todos cuando nos enfrentamos deportivamente a otros. En cualquier otro ámbito es vista como una bandera de derechas.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Renfe y la atención al viajero

Ayer, en el tren de vuelta a casa, tuvimos un percance. Al parecer afectó a toda Asturias, pero no lo sé porque no recibí mucha información al respecto. Aquí os copio la queja que he puesto en la web de Renfe, que obviamente no servirá para nada:

Buenos días.
Ayer, alrededor de las dos y media de la tarde, el tren en el que viajaba desde Oviedo a La Calzada se detuvo en mitad de un túnel. Tras varios minutos de espera, se informó a los pasajeros de que había una "avería en el sistema de señales". Unos minutos después, el tren empezó a moverse lentamente, hasta llegar a la estación de Villabona de Asturias y detenerse de nuevo (era el CIVIS, por lo que se supone que no debía detenerse hasta La Calzada).
Y allí nos quedamos parados varios minutos más. Alguna persona se acercó a hablar con el maquinista (o conductor, o piloto, o chófer, o como se llame), se abrieron las puertas, alguien salió del tren, se volvieron a cerrar. Esto ocurrió varias veces.
Al cabo de un buen rato el tren se puso en marcha de nuevo. Paró unas cuantas veces más, en ninguna estación; unos minutos de parada y vuelta a arrancar. Llegué a mi destino con algo más de una hora de retraso, creo recordar.
Entiendo que cuando surge una avería se soluciona lo antes posible. Y el motivo de mi queja no es el retraso: soy consciente de que estas cosas pueden ocurrir, y cuando ocurren se solucionan lo antes posible. Lo que motiva mi queja es que después del mensaje de la avería del sistema de señales los pasajeros no volvimos a recibir información. Sólo los que se acercaban al maquinista a preguntar se enteraban de algo. Y digo yo que tampoco costaba tanto coger el micrófono y responder a las preguntas de los viajeros de manera que nos enterásemos todos, que habría evitado tener que responder varias veces a lo mismo y habría tenido al pasaje informado de la situación.
Eso es todo. Gracias por su atención.

Por esto y por alguna otra cosa que me han contado, creo que algunos maquinistas de Renfe deberían recibir urgentemente algún curso de formación sobre el trato al público. En este caso no es que se dirigiese a nadie de malas formas, ni mucho menos. Es que, simplemente, no se dirigió a nadie, cuando le habría llevado dos minutos tenernos a los pasajeros informados. 

Actualización a 2/10/17:

Dieciséis días después de exponer mi queja recibo esta respuesta:

Estimado Sr. A:
 
Damos respuesta a la queja que remitió a nuestra página web el día 13 en la que detallaba cómo vivió el viaje entre Oviedo y La Calzada.
Le agradecemos muy sinceramente los datos que nos proporciona. Hemos recibido numerosas quejas por lo ocurrido la tarde anterior. Pasados unos días se elaboró un resumen para conocimiento de los responsables de esta Gerencia, pero su queja se transmitió literalmente porque estamos seguros de que refleja a la perfección cómo se desarrollaron los hechos y cómo se debería haber procedido en lo referente a la información.
En cuanto a la incidencia en sí, a las 14:30 se produjo una avería en el sistema de señales de toda Asturias, lo que significa que entre esa hora y las 17:00 quedaron en rojo todas las señales y hubo que aplicar medidas excepcionales de seguridad para que algunos trenes pudieran avanzar. Así y todo en algunos tramos no hubo más remedio que suspender la circulación de trenes hasta que se presentó personal de las brigadas de socorro en algunas estaciones situadas estratégicamente, lo que permitió reanudar la circulación aunque con restricciones.
Fue la incidencia más importante de los últimos años y no fue posible acudir a medios de transporte alternativos por carretera porque dado el volumen de viajeros afectados, no habría autocares/conductores suficientes para afrontar esa contingencia.
En lo referente a la información le sugerimos que descargue esta aplicación de ADIF, que facilita información en tiempo real http://www.adif.es/es_ES/adif_movil.shtml
Sentimos lo ocurrido y le pedimos disculpas.
Atentamente, 

He contestado un poco borde. Pensaba escribir una entrada nueva al respecto, pero en realidad tampoco me apetece ponerme a discutir con la Renfe ahora mismo. Ya llevo dos días discutiendo con amigos, conocidos y compañeros de trabajo a cuenta de lo que está pasando en Cataluña y tengo el cupo cubierto. Así que doy por zanjado este asunto.

viernes, 11 de agosto de 2017

Maguila y el Gori

Maguila  y el Gori eran hermanos. Les llamaban así porque ambos tenían un aire simiesco en la forma de caminar: la postura de las manos, la zancada, el movimiento de los hombros... No sé qué era exactamente, pero veías andar a cualquiera de ellos y te venía a la cabeza la imagen de un gorila.
Aparte de eso, y de la delgadez que  también compartían, eran muy diferentes. Maguila, el mayor, era más alto, más feo, y parecía menos inteligente. El Gori, si  bien era más bajo, no solo era más guapo, era más atractivo. Era atractivo sin más, sin necesidad de compararlo con su hermano.
El que era mi amigo era el Gori. A Maguila lo conocía, claro, y muchas veces venía con nosotros, pero era un poco de otro mundo. Andaba siempre con los esprays, decorando la cuidad con sus obras de arte. Sin ser yo un entendido en grafitis, lo que hacía me parecía bastante bueno. El Gori, sin embargo, no tenía inquietudes artísticas. Era más, como yo, de beber cerveza y comer pipas en un parque cualquiera. 
Tenían una prima, Patricia. Aspirante a modelo y camarera en un garito nocturno. No era especialmente guapa, pero a mí me gustaba. No es que estuviera enamorado de ella, ni mucho menos. De todas formas era una chica molona, y yo no, así que era imposible que llegásemos a ser ni siquiera amigos. A Maguila no le caía muy bien, yo no sabía por qué, y la evitaba todo lo que podía.

Una noche de primavera coincidimos en una fiesta en casa de algún amigo común de Maguila y Patricia. Maguila no sabía que iba a ir su prima, claro, y en cuanto la vio se le puso mala cara. No sé muy bien qué pintaba yo ahí, había un montón de gente desconocida (odio a la gente desconocida, especialmente así, todos  de golpe; a mí presentádmelos de uno en uno) y yo me sentía un poco aislado. Así que cuando tuve la oportunidad entablé conversación con Patricia; así estábamos, comenzando una charla absurda en la que yo no sabía qué  decir, pero no la dejaba marchar, cuando conocí a Luis, y nada más conocerle le odié profundamente (luego veréis que el cabrón lo merecía): antes de que cerrara la puerta, Patricia le vio, gritó ¡LUIIIIIIIIS!, y se olvidó de mí. Él se acercó, se dieron un pico, y empezaron a contarse sus vidas como si yo no estuviera ahí. Así que me alejé, cogí algo de beber y me fui a buscar al Gori, al que afortunadamente hallé jugando a la play con otros dos chavales. Me uní a ellos.
Ya no me moví de ahí. El Gori tampoco. Los demás iban y venían, cambiábamos de juego, bebíamos, fumábamos, comíamos algo, pero nos hicimos fuertes frente a la play hasta que acabó la fiesta. Pasó por ahí un individuo, horrible, que había  venido con Luis. Me cayó igual de mal. Para empezar, su ropa: camisa, jersey de pico, zapatos. Nosotros éramos, sobre todo yo, de camiseta vieja y rota, botas de baloncesto, camisas de franela. Pero lo peor era la actitud, ese aire de estar por encima de nosotros, de saber más, de hacerlo todo mejor, de no sabéis divertiros. Afortunadamente, como él sí sabía divertirse, no pasó mucho tiempo en el rincón de la play.
Corría la cerveza, corría el calimocho, corría el hachís. La gente empezó a marcharse, el Gori se quedó dormido, y de repente estábamos jugando solos Maguila y yo. Joder, hasta el dueño de la casa se había marchado. 
Maguila estaba raro. Había estado vigilando a Patricia toda la noche, pero no se había acercado a ella. Apenas le había visto beber, fumar o comer, pero tenía  los  ojos vidriosos clavados en la tele, como si le diera miedo mirar a otro lado. Yo, en cambio, había bebido, comido y fumado lo mío y lo suyo, así que también tenía los ojos vidriosos. Me faltaba poco para quedarme dormido como el Gori, estaba en ese punto en que no puedes hablar. 
Y entonces oímos un ruido, una especie de gemido, un golpe, no sé. Un ruido que llamó mi atención, miré a Maguila y clavó los ojos en la pantalla, como si mirándola muy fuerte el resto del mundo se fuera a apagar, a desvanecer, a dormir. Yo no entendía nada. En mi estado, claro, tampoco habría entendido un episodio de Barrio Sésamo. Así que fui a levantarme para ir a ver, y Maguila me miró, muy serio, y dijo algo así como "déjalo", o "no vayas", o no sé. Hice un titánico esfuerzo, señalé con el pulgar y murmuré: "baño". "Tú verás", me dijo, así que  fui al baño antes de ir a mirar qué podía haber sido ese ruido. 
No sé cuánto pude tardar en salir del baño. A mí se me hizo eterno. Cuando salí, fui a la cocina, no había nada ni nadie. Las dos habitaciones estaban a oscuras, con la puerta entornada. Miré en la primera, y estaba vacía. Así que me acerqué a la segunda, despacio, con el corazón a mil, como en una película de miedo, pensando en bucle qué estará pasando para que Maguila sepa qué ocurre y no quiera decirlo, ni darle importancia, pero se le nota que le importa y parece grave. La puerta estaba casi cerrada del todo, y al acercarme ví que no estaba a oscuras, había una luz muy tenue. Miré por la rendija de la puerta, y los vi.
Estaban los tres: Luis, Patricia y el amigo pijo. Los tres con los pantalones (y lo que no son los  pantalones) bajados. Luis estaba sujetando las manos a Patricia, que no parecía muy a gusto con la situación, ni muy capacitada para oponerse. El pijo tenía los tobillos de Patricia sobre el hombro, y parecía pasarlo muy bien. 
Me quedé paralizado. No supe qué hacer. Y no creo que fuera solo por el alcohol y los porros. Así que hice como que no había visto nada, volví a la play y le dije a Maguila: "Tío... Me voy". Despertamos como buenamente pudimos al Gori y nos fuimos los tres.