miércoles, 13 de septiembre de 2017

Renfe y la atención al viajero

Ayer, en el tren de vuelta a casa, tuvimos un percance. Al parecer afectó a toda Asturias, pero no lo sé porque no recibí mucha información al respecto. Aquí os copio la queja que he puesto en la web de Renfe, que obviamente no servirá para nada:

Buenos días.
Ayer, alrededor de las dos y media de la tarde, el tren en el que viajaba desde Oviedo a La Calzada se detuvo en mitad de un túnel. Tras varios minutos de espera, se informó a los pasajeros de que había una "avería en el sistema de señales". Unos minutos después, el tren empezó a moverse lentamente, hasta llegar a la estación de Villabona de Asturias y detenerse de nuevo (era el CIVIS, por lo que se supone que no debía detenerse hasta La Calzada).
Y allí nos quedamos parados varios minutos más. Alguna persona se acercó a hablar con el maquinista (o conductor, o piloto, o chófer, o como se llame), se abrieron las puertas, alguien salió del tren, se volvieron a cerrar. Esto ocurrió varias veces.
Al cabo de un buen rato el tren se puso en marcha de nuevo. Paró unas cuantas veces más, en ninguna estación; unos minutos de parada y vuelta a arrancar. Llegué a mi destino con algo más de una hora de retraso, creo recordar.
Entiendo que cuando surge una avería se soluciona lo antes posible. Y el motivo de mi queja no es el retraso: soy consciente de que estas cosas pueden ocurrir, y cuando ocurren se solucionan lo antes posible. Lo que motiva mi queja es que después del mensaje de la avería del sistema de señales los pasajeros no volvimos a recibir información. Sólo los que se acercaban al maquinista a preguntar se enteraban de algo. Y digo yo que tampoco costaba tanto coger el micrófono y responder a las preguntas de los viajeros de manera que nos enterásemos todos, que habría evitado tener que responder varias veces a lo mismo y habría tenido al pasaje informado de la situación.
Eso es todo. Gracias por su atención.


Por esto y por alguna otra cosa que me han contado, creo que algunos maquinistas de Renfe deberían recibir urgentemente algún curso de formación sobre el trato al público. En este caso no es que se dirigiese a nadie de malas formas, ni mucho menos. Es que, simplemente, no se dirigió a nadie, cuando le habría llevado dos minutos tenernos a los pasajeros informados.

viernes, 11 de agosto de 2017

Maguila y el Gori

Maguila  y el Gori eran hermanos. Les llamaban así porque ambos tenían un aire simiesco en la forma de caminar: la postura de las manos, la zancada, el movimiento de los hombros... No sé qué era exactamente, pero veías andar a cualquiera de ellos y te venía a la cabeza la imagen de un gorila.
Aparte de eso, y de la delgadez que  también compartían, eran muy diferentes. Maguila, el mayor, era más alto, más feo, y parecía menos inteligente. El Gori, si  bien era más bajo, no solo era más guapo, era más atractivo. Era atractivo sin más, sin necesidad de compararlo con su hermano.
El que era mi amigo era el Gori. A Maguila lo conocía, claro, y muchas veces venía con nosotros, pero era un poco de otro mundo. Andaba siempre con los esprays, decorando la cuidad con sus obras de arte. Sin ser yo un entendido en grafitis, lo que hacía me parecía bastante bueno. El Gori, sin embargo, no tenía inquietudes artísticas. Era más, como yo, de beber cerveza y comer pipas en un parque cualquiera. 
Tenían una prima, Patricia. Aspirante a modelo y camarera en un garito nocturno. No era especialmente guapa, pero a mí me gustaba. No es que estuviera enamorado de ella, ni mucho menos. De todas formas era una chica molona, y yo no, así que era imposible que llegásemos a ser ni siquiera amigos. A Maguila no le caía muy bien, yo no sabía por qué, y la evitaba todo lo que podía.

Una noche de primavera coincidimos en una fiesta en casa de algún amigo común de Maguila y Patricia. Maguila no sabía que iba a ir su prima, claro, y en cuanto la vio se le puso mala cara. No sé muy bien qué pintaba yo ahí, había un montón de gente desconocida (odio a la gente desconocida, especialmente así, todos  de golpe; a mí presentádmelos de uno en uno) y yo me sentía un poco aislado. Así que cuando tuve la oportunidad entablé conversación con Patricia; así estábamos, comenzando una charla absurda en la que yo no sabía qué  decir, pero no la dejaba marchar, cuando conocí a Luis, y nada más conocerle le odié profundamente (luego veréis que el cabrón lo merecía): antes de que cerrara la puerta, Patricia le vio, gritó ¡LUIIIIIIIIS!, y se olvidó de mí. Él se acercó, se dieron un pico, y empezaron a contarse sus vidas como si yo no estuviera ahí. Así que me alejé, cogí algo de beber y me fui a buscar al Gori, al que afortunadamente hallé jugando a la play con otros dos chavales. Me uní a ellos.
Ya no me moví de ahí. El Gori tampoco. Los demás iban y venían, cambiábamos de juego, bebíamos, fumábamos, comíamos algo, pero nos hicimos fuertes frente a la play hasta que acabó la fiesta. Pasó por ahí un individuo, horrible, que había  venido con Luis. Me cayó igual de mal. Para empezar, su ropa: camisa, jersey de pico, zapatos. Nosotros éramos, sobre todo yo, de camiseta vieja y rota, botas de baloncesto, camisas de franela. Pero lo peor era la actitud, ese aire de estar por encima de nosotros, de saber más, de hacerlo todo mejor, de no sabéis divertiros. Afortunadamente, como él sí sabía divertirse, no pasó mucho tiempo en el rincón de la play.
Corría la cerveza, corría el calimocho, corría el hachís. La gente empezó a marcharse, el Gori se quedó dormido, y de repente estábamos jugando solos Maguila y yo. Joder, hasta el dueño de la casa se había marchado. 
Maguila estaba raro. Había estado vigilando a Patricia toda la noche, pero no se había acercado a ella. Apenas le había visto beber, fumar o comer, pero tenía  los  ojos vidriosos clavados en la tele, como si le diera miedo mirar a otro lado. Yo, en cambio, había bebido, comido y fumado lo mío y lo suyo, así que también tenía los ojos vidriosos. Me faltaba poco para quedarme dormido como el Gori, estaba en ese punto en que no puedes hablar. 
Y entonces oímos un ruido, una especie de gemido, un golpe, no sé. Un ruido que llamó mi atención, miré a Maguila y clavó los ojos en la pantalla, como si mirándola muy fuerte el resto del mundo se fuera a apagar, a desvanecer, a dormir. Yo no entendía nada. En mi estado, claro, tampoco habría entendido un episodio de Barrio Sésamo. Así que fui a levantarme para ir a ver, y Maguila me miró, muy serio, y dijo algo así como "déjalo", o "no vayas", o no sé. Hice un titánico esfuerzo, señalé con el pulgar y murmuré: "baño". "Tú verás", me dijo, así que  fui al baño antes de ir a mirar qué podía haber sido ese ruido. 
No sé cuánto pude tardar en salir del baño. A mí se me hizo eterno. Cuando salí, fui a la cocina, no había nada ni nadie. Las dos habitaciones estaban a oscuras, con la puerta entornada. Miré en la primera, y estaba vacía. Así que me acerqué a la segunda, despacio, con el corazón a mil, como en una película de miedo, pensando en bucle qué estará pasando para que Maguila sepa qué ocurre y no quiera decirlo, ni darle importancia, pero se le nota que le importa y parece grave. La puerta estaba casi cerrada del todo, y al acercarme ví que no estaba a oscuras, había una luz muy tenue. Miré por la rendija de la puerta, y los vi.
Estaban los tres: Luis, Patricia y el amigo pijo. Los tres con los pantalones (y lo que no son los  pantalones) bajados. Luis estaba sujetando las manos a Patricia, que no parecía muy a gusto con la situación, ni muy capacitada para oponerse. El pijo tenía los tobillos de Patricia sobre el hombro, y parecía pasarlo muy bien. 
Me quedé paralizado. No supe qué hacer. Y no creo que fuera solo por el alcohol y los porros. Así que hice como que no había visto nada, volví a la play y le dije a Maguila: "Tío... Me voy". Despertamos como buenamente pudimos al Gori y nos fuimos los tres.

jueves, 27 de julio de 2017

Viajar en tren

Coincidíamos todos los días, o casi, en el tren. En el de las 7:21 o en el de las 7:33, al menos tres veces por semana íbamos juntos. Como los dos llevábamos bicicleta coincidíamos en la misma puerta del mismo vagón. Al segundo o tercer día empezamos a saludarnos: "hola", "hola". Todos los días. Supongo que los dos teníamos ganas de entablar conversación con el otro; al menos, yo sí quería hablar con él, pero nunca he sido capaz de iniciar una conversación con un desconocido. En el tren de vuelta nunca, o casi nunca, coincidíamos. Solo algunas veces, cuando yo iba tarde y cogía el tren de las 14:46.
Un día, sin embargo, se subió en el tren de las 14:26, y encima no lo hizo en nuestra parada, sino en la siguiente. Eso dio pie a un "¿qué haces tú aquí?", o algo así le dije. Y hasta ahora.

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Odio profundamente a la gente que va en tren. A casi todos:
- Los que están fumando en el andén y suben al tren soplando una enooooorme bocanada de humo.
- Los que no se apartan para dejar salir antes de entrar.
- Los que entran y se quedan parados en el medio, estorbando a más no poder.
- Los que ocupan los lugares o asientos reservados para sillas de ruedas, minusválidos, carritos de bebé, bicicletas.
- Los que hablan a gritos por el móvil.
- Los que entran a toda prisa en el tren, y lo recorren buscando un asiento libre, y cuando lo encuentran se lanzan a él como cuervos a los ojos de una cabra muerta.
- Los que tienen que salir del tren por la puerta más cercana a la salida de la estación, como si les fuera a estallar la cabeza por recorrer esos cinco metros de  diferencia por el andén y no por el interior del vagón.

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Se han encontrado esta mañana en el vagón. Uno venía desde Gijón, el otro se ha subido en Serín. Se saludan, y comentan algún tipo de evento musical al que uno acudió y el otro no. Le muestra un par de grabaciones en el móvil, al amigo y de paso a todos los demás viajeros. Comentan cosas sobre sus trabajos, sus horarios. Y de pronto mencionan el suceso que ha conmocionado a Gijón este verano, y resulta que conocen a uno de los autores. No presto mucha atención a lo que dicen. Me parece que, de alguna  manera, intentan disculparlo: la mitad de lo que dice la prensa es mentira, y además el chaval lo ha pasado muy mal en la vida.
Al llegar a Lugo de Llanera, el tren siempre se detiene para dejar pasar al Alvia. Cuatro o cinco minutos, nada más. Ellos aprovechan para abrir la puerta del vagón y compartir un cigarrillo. Uno, el más bajo, más fornido, rapado, con camiseta y pantalón de chándal, no sale del vagón, pero saca el brazo como intentando alejar el cigarrillo de la puerta. El otro, más alto y delgado, con camisa y una cadena sujetando su cartera, sale del vagón y se aleja uno o dos metros. Acaban el cigarro y vuelven a sentarse.
¿Qué tendrán, 20, 25 años?

jueves, 20 de julio de 2017

Pepe

Tengo un amigo.
Bueno, en realidad tengo más, pero quiero hablar de uno concreto. Como no le he pedido permiso, para conservar su anonimato voy a cambiar su nombre. Los que le conocéis en seguida sabréis de quién hablo cuando digo Pepe, y los que no le conocéis tampoco os perdéis nada.
Es complicado porque no sé muy  bien por dónde empezar. Quizá sea mejor no dejar para el final lo más escandaloso: Pepe es putero. Le gusta el sexo de pago. Argumenta que, en definitiva, cuando el sexo no es contratado tampoco es gratis, así que prefiere que todo esté claro desde el principio y contratar a una profesional. Esto, claro, abre un gran abanico de conversaciones, cuando se declara sin rubor cliente de estos servicios.
Pepe fue guardia civil, ahora está jubilado. Lo que más le dolió de su jubilación prematura es que tuvo que deshacerse de su colección de armas antiguas. Tampoco es que tuviera un arsenal: tenía dos o tres pistolas, o revólveres, o algo de eso. Pero le gustaban y tuvo que venderlas. El tema de la guardia civil también da para unas cuantas anécdotas cuando te tomas un par de cañas con Pepe.
Con motivo de su trabajo Pepe ha cambiado mucho de domicilio: ha vivido en Cataluña, Valencia, País Vasco, Asturias, Madrid. Y probablemente en algún sitio más. 
Pepe es liberal. Ha estudiado economía y filosofía y sociología. Y políticamente es afín al Partido Popular, aunque estuvo afiliado a UPyD en la misma época que yo.
Pepe es católico. Y es católico porque quiere, porque así lo ha decidido. Los sábados por la tarde y los domingos va a misa, es amigo del cura, y lee o hace lo que haya que hacer en la ceremonia.

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Hablando de estas cosas, una vez me preguntó, al declararme yo ateo, que qué me impedía ensartar a mi hijo con un palo, asarlo y comérmelo, si no tenía miedo a un castigo superior. Me sentó un poco mal que me expresara esa idea en aquellos términos, la verdad. Pero me da más miedo la idea que subyace: si un día Pepe tiene una crisis de fe, o decide dejar de  ser católico, ¿qué le impedirá a él ensartarme en un palo, asarme y comerme? Al fin y al cabo, tengo mucho más que comer que mis hijos.

miércoles, 14 de junio de 2017

Normas

Probablemente habréis oído alguna vez, igual que yo, que España es un país demasiado regulado. Que hay demasiadas normas para todo, de modo que es imposible abrir un negocio totalmente legal: exceso de normas, de todo tipo de áreas, municipales, autonómicas, nacionales, a veces desconocidas, a veces contradictorias. No sé si esto es verdad, pero desde luego lo he oído y lo he leído en varias ocasiones.

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Ayer leí en twitter la queja de una chica, a la que habían puesto un parte en su instituto por llevar ropa inadecuada. Lo leí un poco por encima y no me quedé con el nombre de la chica en cuestión, no puedo revisarlo ahora con más calma. Colgó una foto de la ropa que llevaba: una camiseta y unos pantalones cortos. 
Eché un ojo a su twitter y ví que anteriormente había publicado una imagen de las normas del centro que afectan a la vestimenta. Estas normas hablaban de la ropa, en general. Creo recordar que sancionaba como falta leve la inadecuada. Ponía como ejemplo de inadecuada a las camisetas de tirantes. Vaya, me gustaría poder enlazar la foto de la chica: la camiseta que llevaba no era exactamente de tirantes, creo yo. No soy experto en moda, pero yo calificaría esa prenda como camiseta sin mangas. Entiendo que los tirantes son algo más estrecho que aquello. Luego está el pantalón, un pantalón corto que alguien en el centro vio como inadecuado. Un pantaloncito blanco que llegaba hasta medio muslo, más o menos.

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Hace unos años una persona que conozco estudió un curso en Estados Unidos, alojada con una familia local. Nada más llegar, en agosto, esta familia la llevó de compras: la ropa que traía no era adecuada para el instituto. Entre otras cosas, la longitud de las prendas inferiores, fueran falda o pantalón, estaba perfectamente limitada: lo más corto no podía quedar a menos de un billete de dólar de la rodilla. Parece complicado de escribir, pero es muy práctico: te pruebas algo, sacas el billete, y ya sabes si puedes o no puedes llevarlo en el instituto. 

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Lo que quiero decir con todo esto es que el problema quizá no sea (solo) el exceso de normas. El verdadero problema es que las normas, las leyes, no son concretas, y quedan en gran medida a criterio del juzgador. Y aunque con este término se suele designar a los jueces y magistrados, en primer término quien juzga es el agente de movilidad, el profesor de instituto, el policía, el guardia civil. Son ellos los que deben determinar en primera instancia si tu ropa, tu respuesta, tu actitud, son adecuadas o inadecuadas.
Y sin billete de un dólar.

viernes, 31 de marzo de 2017

Justicia

Es posible que a lo largo de los últimos años hayáis oído hablar al Ministro de Justicia de papel cero, expediente digital o algo parecido. Al ministro actual, o a cualquiera de los dos o tres anteriores, o más. La idea lleva tiempo apareciendo por las ruedas de prensa del ramo. Se suele acompañar de noticias sobre archivos judiciales inundados o comidos por las ratas: esto me afecta a mí personalmente, porque aunque actualmente no tengo inundaciones ni ratas en el archivo que manejo, lo que tengo son problemas de espacio para archivar expedientes.
Se supone que, más o menos, el expediente digital ya está en marcha. La administración autonómica de justicia de la que yo dependo se está gastando un dineral en cosas como, por ejemplo, poner un segundo monitor a los funcionarios, para que puedan trabajar como actualmente y a la vez ver el expediente en la otra pantalla; o también se está gastando muchísimo más dinero en folios.
¿Cómo? ¿Más dinero en folios por el papel cero? ¿Esto cómo se come?
Pues bien. Resulta que, como consecuencia de este nuevo sistema, los abogados deben presentar cualquier documento en versión digital, a través de un sistema establecido al efecto. Así que cualquier escrito, factura, foto, etc, que se presente, estará en el expediente digital.
Entonces pueden pasar dos cosas. En el juzgado en el que trabajo ahora, por ejemplo, cuando, en el juicio, un abogado pide que se exhiba al testigo determinado documento, la respuesta de su señoría es que no se puede, porque ese documento, aunque consta en las actuaciones, no se ha imprimido. Se ahorra papel, sí, y la mayoría de las veces no es necesario que el testigo vea la factura para que la reconozca, que ya sabe qué se está discutiendo; pero hay veces que aclararía mucho las cosas que el testigo, y de paso el juez y el abogado de la otra parte, pudieran ver la foto, o el plano, o lo que sea.
La otra opción, claro, y creo que la más habitual, es que sea el juzgado el que imprima todo eso que los abogados han presentado digitalmente. O sea: el abogado tiene un documento, lo escanea, lo envía al juzgado, y el juzgado lo imprime. Papel cero.
Y podría parecer que, en los juzgados que actúan según la primera opción, al menos sí se ahorra papel... Pero no, o no tanto: si la sentencia se recurre, hay que enviar todo el expediente a la Audiencia Provincial. Y los magistrados de la Audiencia Provincial no saben, o no quieren, o no quieren saber estudiar el procedimiento en su versión digital, con lo cual hay que imprimir todo lo que no estaba impreso. Y es más: los funcionarios de la Audiencia Provincial no saben, o no quieren, o están muy ocupados para imprimir todo eso, con lo cual devuelven el procedimiento al juzgado para que este lo imprima todo y lo mande de nuevo a la Audiencia.
No sé cuántos años llevamos hablando del papel cero, y todavía estamos así.