Coincidíamos todos los días, o casi, en el tren. En el de las 7:21 o en el de las 7:33, al menos tres veces por semana íbamos juntos. Como los dos llevábamos bicicleta coincidíamos en la misma puerta del mismo vagón. Al segundo o tercer día empezamos a saludarnos: "hola", "hola". Todos los días. Supongo que los dos teníamos ganas de entablar conversación con el otro; al menos, yo sí quería hablar con él, pero nunca he sido capaz de iniciar una conversación con un desconocido. En el tren de vuelta nunca, o casi nunca, coincidíamos. Solo algunas veces, cuando yo iba tarde y cogía el tren de las 14:46.
Un día, sin embargo, se subió en el tren de las 14:26, y encima no lo hizo en nuestra parada, sino en la siguiente. Eso dio pie a un "¿qué haces tú aquí?", o algo así le dije. Y hasta ahora.
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Odio profundamente a la gente que va en tren. A casi todos:
- Los que están fumando en el andén y suben al tren soplando una enooooorme bocanada de humo.
- Los que no se apartan para dejar salir antes de entrar.
- Los que entran y se quedan parados en el medio, estorbando a más no poder.
- Los que ocupan los lugares o asientos reservados para sillas de ruedas, minusválidos, carritos de bebé, bicicletas.
- Los que hablan a gritos por el móvil.
- Los que entran a toda prisa en el tren, y lo recorren buscando un asiento libre, y cuando lo encuentran se lanzan a él como cuervos a los ojos de una cabra muerta.
- Los que tienen que salir del tren por la puerta más cercana a la salida de la estación, como si les fuera a estallar la cabeza por recorrer esos cinco metros de diferencia por el andén y no por el interior del vagón.
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Se han encontrado esta mañana en el vagón. Uno venía desde Gijón, el otro se ha subido en Serín. Se saludan, y comentan algún tipo de evento musical al que uno acudió y el otro no. Le muestra un par de grabaciones en el móvil, al amigo y de paso a todos los demás viajeros. Comentan cosas sobre sus trabajos, sus horarios. Y de pronto mencionan
el suceso que ha conmocionado a Gijón este verano, y resulta que conocen a uno de los autores. No presto mucha atención a lo que dicen. Me parece que, de alguna manera, intentan disculparlo: la mitad de lo que dice la prensa es mentira, y además el chaval lo ha pasado muy mal en la vida.
Al llegar a Lugo de Llanera, el tren siempre se detiene para dejar pasar al Alvia. Cuatro o cinco minutos, nada más. Ellos aprovechan para abrir la puerta del vagón y compartir un cigarrillo. Uno, el más bajo, más fornido, rapado, con camiseta y pantalón de chándal, no sale del vagón, pero saca el brazo como intentando alejar el cigarrillo de la puerta. El otro, más alto y delgado, con camisa y una cadena sujetando su cartera, sale del vagón y se aleja uno o dos metros. Acaban el cigarro y vuelven a sentarse.
¿Qué tendrán, 20, 25 años?