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martes, 17 de junio de 2008

Cuentos a la carta

Bueno, pues ahí debajo tenéis el último cuento a la carta. En vista de que nadie ha participado en la última votación propuesta, mejor dejarlo. Os quedáis sin saber lo que ocurre con El Músico, por ejemplo. Vosotros lo habéis querido. A partir de ahora, me limitaré a publicar fotos los viernes, y dejaré de escribir para siempre.

Bueno, para siempre no. Sólo una temporada.

Humberto y Horacio

Al contrario de lo que pudiera parecer al oír sus nombres, ni Humberto ni Horacio eran americanos, ni lo eran sus familias. Y al contrario de lo que pudiera parecer al verlos siempre juntos, nunca fueron pareja.

Humberto era más alto que Horacio, tenía el pelo más largo y más oscuro. Era tímido y patoso, siempre tenía en las manos o los brazos alguna pequeña herida o marca de haberse raspado con algo. Encima, tenía en la cara unas leves manchas rojizas que le hacían parecer eternamente azorado. Aparte de esto, y del aparato en los dientes, no era feo. Y nunca tuvo granos.

Horacio, en cambio, pasada la época de las espinillas quedó bastante resultón. Era extrovertido, simpático, activo y deportista, pero muy impaciente. Nunco pudo leer un libro ni practicar con la guitarra: siempre prefirió jugar al fútbol o lanzarse en patines pendiente abajo.

Los domingos por la mañana se juntaban con Bruno, quien sí era latinoamericano y homosexual, para cantar y tocar la guitarra en el parque. Con el tiempo, llegaron a congregar un pequeño grupo de fieles quinceañeras: Brueno era un gran guitarrista, Humberto no cantaba mal y Horacio era guapo y simpático con ellas.

Era prácticamente imposible ver a Horacio y Humberto por separado en la calle. Se llamaban el uno al otro hasta para el má rápido de los recados. Lo hacían absolutamente todo juntos, desde comprar el pan hasta perder la virginidad (bueno, esto último lo hicieron en habitaciones contiguas).

Este estar siempre juntos acabó por generar ciertos problemas. Resultaba difícil mantener relaciones de pareja cuando la relación entre ellos estaba por encima de cualquier otra cosa; ni Horacio ni Humberto pudieron encontrar una chica capaz de tragar con eso. Lo ideal habría sido topar con unas siamesas, pero no tuvieron esa suerte.

Bien entrados en la veintena, la situación cambió cuando Horacio conoció a Izaskun: pelirroja, psicóloga, comunista, sagitario y una bomba en la cama, o en el asiento de atrás del coche. Así que Humberto, de repente, se había quedado solo en la vida. Siguió tocando y cantando con Bruno en el parque, pero al faltar Horacio en menos de un mes se quedaron sin ese público que había permanecido fiel durante casi diez años.

Se dio a la bebida. Mientras Horacio tenía una vida de pareja plena, con sus arrumacos en el cine, sus planes de futuro y sus abundantes sesiones de sexo, Humberto aprendía a beber alcohol. Los amigos comunes que habían tenido toda la vida no le aportaban lo que Horacio; siempre habían estasdo ahí como de personajes secundarios, y no sabía o no quería profundizar en esas relaciones. Humberto comenzó a salir solo por las noches, a emborracharse y a contratar a prostitutas. Luego dejó las prostitutas y los bares, y empezó a emborracharse en los parques. Al principio con cerveza de importación, luego la más barata, luego el vino en tetra brick.

Una noche, Humbeto camina totalmente borracho por la calle. Es viernes en un barrio apartado de la ciudad: no hay mucho tráfico. Con el brick de vino en la mano, se sienta a descansar en el bordillo. Bebe vino, se queda dormido. Bebe vino y se orina casi sin darse cuenta. Bebe vino.

Esa misma noche, Horacio e Izaskun han aderezado su entcuentro sexual con alguna sustancia prohibida. Han hecho el amor, han discutido y Horacio se ha ido con el coche, dejando a Izaskun sola en el centro de la ciudad. Es la primera vez que discuten tan fuerte. De repente, Horacio se ha dado cuenta de que lleva más de un año si ver siquiera a Humberto, y necesita hablar con él, a ver si así se calma eso que le recorre todo el cuerpo y no le deja estarse quieto. Conduce sin pensar, recorriendo la ciudad como lo haría en patines: no es que no reespete las señales de tráfico, es que no las ve. Llegando a su barrio, tras entrar, sin reparar en ello, en una calle oscura en dirección prohibida, suente que algo golpea el coche. "Una papelera", piensa.

No es consciente de que ya nunca hablará con Humberto.

domingo, 4 de mayo de 2008

Cuentos a la carta

Según quedaron las últimas votaciones, el próximo va a ser el de Horacio y Humberto.

Mientras sale, que tardará, podéis ir votando por:

- El Músico II: NY
- El Músico III: Bs. As.
- El Músico IV: BCN.
- Malos tratos, discriminación de la mujer y divorcios.


Nos vemos.

El Músico I: Madrid (2º parte)

- Bueno, me voy. Un beso, Clara. Encantado, Ñako.

- Para ti, Iñaki. Hasta la vista.


Así acabó el cumpleaños de Clara.


***


Después de aquel extraño cumpleaños sin alcohol mi mundo empezó a cambiar. Al principio fueron pequeños detalles: Juan me comentó que quería ser músico, así sin darle importancia, un día que habíamos ido al centro a mirar discos en tiendas de segunda mano. Por otro lado, Clara me hacía cada vez menos caso, hasta el punto de que para cuando llegó el verano, y todo empezó a precipitarse, mi presencia para ella había pasado de ser inocua a ser negativa.

A principios de junio, cuando Clara todavía me soportaba, un buen día Juan apareció con una armónica. Decía que lo que le gustaba era la batería. A través de Clara, había conseguido que Iñaki accediera a darle clases: pero él quería ser un músico completo, así que mientras Iñaki acababa de suspender el curso en Salamanca, mi mejor amigo estaría dando la lata continuamente con la armónica.

La noche de San Juan Iñaki volvió a Madrid. Clara y Juan habían ido a comprar algo de comer y de beber, yo me había quedado solo, en un banco, guardando el sitio, no demasiado lejos de la verbena. Le vi acercarse a mí, y con mi más hipócrita sonrisa, todo sea por llevarnos bien y mantener las formas, le dije:

- ¡Hola Ñako!

- Para ti, Iñaki. ¿Has visto a mi hermana?

- Eh... - No sabía qué responder, y entonces los vi venir- mira... allí viene...

Al verle, tanto Clara como Juan (mi mejor amigo) gritaron "¡Ñako!", y ella vino corriendo hacia él. Pude observar y escuchar la conversación entre los tres, típica conversación de reencuentro (cuándo has venido, hasta cuando te quedas, estás más delgada, a ver si te afeitas...) y tres veces, tres, Juan llamó Ñako al hermano de Clara. Ahí empecé a rumiar mala sangre.

Esa triste noche acabó con un servidor gravemente intoxicado, y Juan, mi mejor amigo, cuando creía que los vapores etílicos me impedían verlo, cogía a Clara de la mano. Y ella le miraba a la cara, y sonreía. Entonces yo intentaba beber más cerveza, o vomitar un poco más. Así hasta que me abandonaron en mi portal, absolutamente borracho y enfermo de odio y rabia, de tanto rumiar tan mala sangre.

Tardé varios días envolver a ver al que hasta entonces había venido siendo mi mejor amigo. Ahora, además de llevar a todas partes la armónica, invento del diablo, llevaba también un par de baquetas, y en cuanto parábamos en algún sitio deba el coñazo con lo uno o con lo otro. Tan concentrado estaba repitiendo los ejercicios que le había enseñado Ñako (Iñaki para mí) con los palillos, que se le olvidó que me debía, al menos, una explicación.

La ruptura final llegó una o dos semanas más tarde, ya metidos de lleno en el verano, mediados de julio, días de chanclas y piscina municipal, porros a escondidas y noches calurosas con los amigos en un banco, en un parque. Una de esas noches me quedé solo con Juan, sabiendo que tendría bronca en casa por llegar tan tarde, pero quería, de alguna manera, darle la oportunidad de hablar de ello. Ya no quería una disculpa, ni una explicación, me bastaba con que habláramos de ello; esa sutil forma de admitir que algo había pasado entre él y yo, en el momento en que Clara había pasado de ser la chica que me gustaba a ser su novia.

Pero no dijo nada. Al menos, no dijo nada sobre ese asunto. Habló mucho sobre muchas vanalidades, especialmente sobre la (su) armónica, la batería que aún no se había comprado, y la música que haría en un futuro.

- Y, oye, no me llames Juan.

- ¿Cómo?

- Que no me llames Juan.

- ¡Pero es que te llamas Juan!

- Ya... Es que Juan es un nombre muy vulgar. Como llamarse Jose, ¿sabes? No mola. Así que he pensado que me lo voy a cambiar.

- ¿Cómo quieres que te llame? ¿Iñaki?

- ¡No hombre! He pensado traducirlo. En inglés, John o Johnny, está muy visto, no mola.

- ...

- En francés, Jean, pues tampoco, que suena muy afeminado.

- Pfffffffff... ¿En italiano?

- Pues sería Giacomo, ¿no? Como que tampoco.

- ¿Entonces?

- En irlandés: Sean. Además, tengo una tía irlandesa, así que...

- No me jodas. Un primo de tu padre estuvo casado con una irlandesa, y se divorciaron. No tienes ninguna tía irlandesa.

- Bueno, pero eso no lo sabe nadie más que tú, y a mí Sean me mola. Y a ti nadie te dijo nada cuando quisiste dejar de ser Paco y llamarte Fran.

- A mí todo el mundo me llama Paco.

- Bueno, joder, pues yo quiero llamarme Sean.



Por no llamarle Sean, no lo volví a llamar.

Fue la última vez que hablé con él. Estuve esquivándole como seis meses, hasta que nos acostumbramos a evitarnos. Por lo que supe, siguió con la armónica, se compró una batería y consiguió que todos le llamaran Sean. Su relación con Clara duró por lo menos mientras tuve noticias de ellos, y años después de perderle definitivamente de vista me lo encontré en la portada de una revista musical.

martes, 19 de febrero de 2008

Cuentos a la carta

¿Cómo?¿Primera parte?
Eh... sí. No he podido acabar este primer capítulo de El Músico, así que, el martes que viene publicaré la segunda parte del primer capítulo... Y todavía no sé si habrá una tercera. Así que, de momento, la votación para el siguiente cuento a la carta sigue abierta aquí. Y aquí, para saber qué es eso de los cuentos a la carta.

El Músico I: Madrid. Primera parte.

Supongo que todo empezó en la fiesta de cumpleaños de Clara. No podría decir exactamente cuántos años cumplía, pero recuerdo con precisión un detalle: fue el último cumpleaños que celebramos sin alcohol. Y recuerdo esto porque, cuando nos enteramos, a todos nos pareció que sería una fiesta bstante aburrida. De hecho, de los veinte agasajados, seis rechazaron la invitación al saber que no habría ni una mísera cerveza. Otros cuatro entendieron mal las instrucciones, y se presentaron en casa de Clara con cerveza y vino; ella les indicó amablemente que el alcohol tendría que esperar fuera, escondido en el jardín del chalet, y ellos amablemente aguantaron poco más de media hora en la fiesta.
Lo cierto es que la celebración cumplió nuestras expectativas: fue un absoluto aburrimiento. Éramos demasiado mayores para jugar al escondite o a las tinieblas; nuestro cuidado vestuario nos impedía practicar algún deporte en el escueto jardín; mojar las patatas fritas en la cocacola había dejado de ser divertido hacía años; y para lanzarnos a los juegos de darse besos y desnudarse nos hacía falta un poco de alcohol: ya no sabíamos hacerlo de otra manera. En menos de dos horas, de los catorce que habíamos ido a la fiesta quedábamos tres: Clara, Juan y yo. En vez de una celebración aquello había quedado en un infierno. Una especie de desierto, en el que sólo había aburrimiento, por muy lejos que intentásemos mirar.
En cualquier otra situación, no habría sido tan malo: Juan era mi mejor amigo, y no necesitábamos mucho para pasar el rato; y Clara, además de muy guapa y muy simpática, y de otras muchas cualidades positivas, normalmente era muy divertida, pero el fracaso de su fiesta la había dejado hundida. Entonces, cuando Juan estaba empezando a darme a entender que ya no aguantaba más, que se iba a ir, que le debía el mayor de los favores, entonces, se oyó una llave entrar en la cerradura y abrir la puerta.
A Clara se le iluminó la mirada: su ojo azul y su ojo verde (el derecho y el izquierdo, respectivamente), se abriero, la sonrisa le llegó de un pendiente al otro, y gritó: "¡Ñako!". Corrió hasta la puerta y de un salto se colgó de un tío alto, melenido, no tan rubio como ella, con la misma expresión en la cara de estar pensando en otra cosa; su hermano, casi diez años mayor que ella.
Clara nos presentó a su hermano Iñaki, estudiante de ciencias geológicas en la Universidad de Salamanca, y en seguida le dijo algo al oido. Juan me miraba con cara de "¡Vámonos!", y nos íbamos a ir, cuando los hermanos nos arrastraron al garaje del chalet, donde Iñaki tenía montada su batería. Nada más verla, a Juan se le pasaron las ganas de salir de allí.
Iñaki se puso a tocar, y su hermana pequeña a bailar. Juan miraba hipnotizado al melenudo, y yo no podía apartar los ojos de Clara. Al final, salimos de aquel chalet alrededor de las dos de la mañana. Yo estaba igual que había entrado, amando a Clara en silencio; Juan acababa de descubrir a qué dedicaría el resto de su vida.

martes, 12 de febrero de 2008

Cuentos a la carta

Os he fallado. El Músico no está listo para salir al escenario. Le doy otra semana de plazo; mientras tanto, aquí podéis seguir votando la historia que vendrá después.

martes, 5 de febrero de 2008

Cuentos a la carta

Pues nada, ahí tenéis la piscina. La semana que viene, toca El músico I: Madrid. para la siguiente, las opciones son:

- El músico II: NYC
- El músico III: Bs. As.
- El músico IV: BCN
- Malos tratos, discriminación de la mujer y divorcios
- Humberto y Horacio

Explico: el juego consiste que tú, lector, votes en los comentarios a esta entrada por uno de los títulos de arriba. El martes que viene publico el que ha ganado la votación abierta el martes anterior, de modo que el ganador de esta votación se publicará dentro de dos semanas.

Besos y besas para todos y todas.

Villanueva (La piscina)

Villanueva es un pueblo que tiene una piscina. Es una piscina cubierta, más o menos nueva, adosada al polideportivo de toda la vida, que es, evidentemente, mucho más antiguo.
En Villanueva reside desde hace cuatro o cinco años Cándido Morán Bermúdez, funcionario de Correos, miope, rubio y madridista; padre de dos hijos a los que ve cuando le obligan, bebedor ocasional y cliente habitual de Serenade, el menos casposo de los burdeles cercanos.
Cándido nunca ha tenido amigos en Villanueva. No ha conseguido entablar relación con ninguno de sus compañeros de trabajo, ni con otros habituales del Serenade, fuera de esos ámbitos. En general, sus vecinos siempre han pensado que hay algo oscuro en la intimidad de Cándido.
El señor Morán también hace deporte: acude a la piscina municipal de Villanueva dos o tres veces por semana, hace veinte o treinta largos, y se va. A esta piscina suele acudir también Verónica Borrell Valverde, también funcionaria, también forastera, pero más simpática, joven, guapa e integrada en la comunidad que el cartero.
Vero es licenciada en veterinaria, pero trabaja en la administración de justicia, desarrollando alguna labor administrativa en el juzgado de Villanueva. Se sabe guapa, se cuida, y le gusta lucirse. Comparte piso con Isabel Carvajal García, y con Silvita, hija sin padre de esta última. No falta quien comente que comparten algo más que el piso.
Vero, Isabel y Silvita acuden semanalmente a la piscina municipal, al cursillo de natación para niños de 1 a 3 años. Como el curso se desarrolla en una piscina de 70 centímetros de profundidad, la veterinaria quiso obviar la norma que obliga al uso de gorro de baño. El monitor del cursillo no quiso entrar en razón, así que ahora Verónica se pone el gorro de baño como un solideo.

Y entonces llegamos a Lo que pasó.

Lo que pasó es que el sábado por la mañana, Cándido se levantó ligeramente resacoso: el viernes había hecho una visita al Serenade y se le había hecho tarde. Así que decidió quemar la resaca en la piscina, castigarse haciendo unos largos mientras planeaba cómo perder el tiempo el resto del fin de semana. Y ocurrió que, al salir del agua, vio a Verónica, tan joven, tan guapa, luciendo ese escaso bikini... Y pasó a la ducha, y bajo el chorro de agua caliente, sedado por la resaca y el cansancio, se ensoñó pensando en la veterinaria del juzgado, y de eso pasó a ensoñarse en las actividades de la noche anterior, y de eso pasó a sentir una intensa erección, y de eso pasó a darse cuenta de que su mirada perdida estaba clavada en un niño al que duchaba su padre, y de eso pasó a recibir una mano de hostias que lo mandó al hospital.

martes, 29 de enero de 2008

Cuentos a la carta

Bueno... Ahí abajo tenéis a Alfonsito.
Por si hay alguien nuevo explico: todos los martes publico un cuento a la carta. En los comentarios a esta entrada se vota, entre las opciones siguientes, el que será publicado dos semanas después de esta entrada.

- El músico I: Madrid
- El músico II: NYC
- El músico III: Bs. As.
- El músico IV: BCN
- Malos tratos, discriminación de la mujer y divorcios

La semana que viene, La piscina. No garantizo que su título definitivo sea este.

P.S. Hacedme el favor de ser un poco originales y no me votéis todos lo mismo, por Dios.

Alfonsito

Alfonsito es un señor de algo más de 40 años. Trabaja en una pequeña tienda de su propiedad, y viste siempre de blanco impoluto porque hace sólo tres años la tienda era una panadería, que pertenecía a Doña Dulcinea, digna sucesora de una estirpe de amantes de la literatura clásica y madre de Alfonsito.
Alfonsito, con gran visión comercial, decidió que una panadería no era negocio suficiente, y arrinconó el pan en una esquina, llenando el escueto local de estanterías rebosantes de productos envasados. Esto lo llevó a cabo dos meses después, exactamente, de la muerte de su madre, coincidiendo con la venta del piso en que ambos habían residido.
En el barrio, donde todavía todos conocen la vida de todos, nadie sabe dónde vive ahora Alfonsito. Algunas señoras le han preguntado abiertamente, pero él, con mucho ingenio, siempre responde con evasivas: "¿No querrá usted acosarme, doña Virtudes?", le dijo a una; "Eso es un secreto de estado, señora Benita", le dijo a la otra. Así que, como tampoco ha querido nadie molestarse en seguirle, el domicilio de Alfonsito permanece desconocido.
Alfonsito no es muy alto: debe rondar el metro sesenta y cinco. Le sobran diez o doce kilos, y cubre su calva con una loncha raída de pelo grasiento que, aunque no lo parece, lava cuidadosamente todas las semanas. Adorna su rostro con un bigote, que cuida menos que su pelo pero luce mucho mejor.
Alfonsito desayuna todos los días en el bar del Urco. El Urco se llama Sebastián, y la única persona que recordaba porqué le llaman el Urco murió dos meses y medio después que Doña Dulcinea, la madre de Alfonsito. Así que ni siquiera Sebastián sabe porqué le llaman así.
En el bar del Urco Alfonsito consume todas las mañanas un café con leche grande y un curasán a la plancha, con mermelada de melocotón. Cada día hojea un periódico, fijando la vista en sus páginas como si leyera los titulares con gran concentración: en realidad lo único que le interesa es el horóscopo. El periódico que manosea cada día lo elige de manera aleatoria. Siempre quiere leer alguno que ya está ocupado, y busca siempre ciertas características en la persona a la que le pide el diario. En orden decreciente de importancia, estas características son: que sea mujer, que sea joven, que sea guapa, que sea desconocida. Esto podría explicar porqué Marisol siempre coge dos periódicos.
El Urco, desde sus casi dos metros de altura y con su voz aflautada, comenta todos los días, al salir Alfonsito del bar, que a este hombre le falta un hervor. Si Marisol no ha abierto aún la mercería de su abuela, responde que no, que lo que le pasa es que es tonto. No falta quien le diagnostica retraso mental, estupidez congénita o incluso un complejo de Edipo mal resuelto. Pero en realidad nadie tiene constancia de que ningún psiquiatra haya tratado a Alfonsito.
Después de desayunar, Alfonsito abre la tienda. Suele ser entre las nueve y las nueve y veinte de la mañana. Y, desde ese momento, no sale de la tienda hasta que cierra. Para comer, Alfonsito suele abastecerse de su propio stock, lo mismo le vale hacerse un bocadillo de atún con pimientos y mayonesa que una auténtica fabada asturiana Litoral. Cierra durante una hora, pasa a la trastienda y allí, sentado en el camastro en el que duerme todas las noches, engulle lo que toque mientras escucha atentamente Radio 3. Después de comer, a veces se echa un rato, pero lo habitual es que lea compulsivamente cualquier cosa encuadernada que haya encontrado en sus paseos dominicales.
Porque Alfonsito pasea, todos los domingos. Sale de la tienda a las ocho de la mañana, y recorre la ciudad durante todo el día cumpliendo una ruta cuidadosamente trazada. Camina durante la mayor parte del tiempo, pero también coge dos autobuses para poder alcanzar todos los puntos de interés de su garbeo semanal.
Y la culpa de todo la tiene Amélie. Porque se le ocurrió viendo la película, claro. Y por eso su ruta dominguera incluye los tres fotomatones cuya existencia conoce. En las papeleras de sus cercanías, Alfonsito busca fotos desechadas. Casi nunca encuentra nada, y cuando encuentra algo, no suele valerle. Porque a Alfonsito sólo le valen las fotos de mujeres, jóvenes, guapas, y desconocidas. A pesar de lo poco fructíferas que son estas paradas, no se le pasa por la cabeza abandonarlas.
Además de los fotomatones, Alfonsito visita algunos contenedores de reciclaje de papel, a ver si puede rescatar algún libro, o en su defecto alguna revista. Luego, acude a unos baños públicos a darse su ducha semanal, y hambriento y bien aseado, vuelve a su tienda.
Allí, para acabar el día, encerrado en la trastienda, en el camastro, escuchando Radio 3, rodeado de latas de conserva y alguna que otra cucaracha, Alfonsito repasa su album de chicas guapas de fotomatón. En realidad, de fotomatón sólo hay tres fotos, las demás son de las revistas. Muy metódicamente, después de revisar el album, contempla las nuevas adquisiciones, y con mucho sigilo, como si temiera que alguien le pillara, se toca. Si acaba satisfecho, añade las novedades al album; si no, las tira a la basura. Siempre, todos los domingos, tras devolver el album a lo alto de la torre de paquetes de latas de guisantes, suspira, se mesa los escasos y ralos pelos que le quedan, y se deja caer en la cama, dispuesto a esperar dormido a que lo alcance la siguiente semana.

miércoles, 23 de enero de 2008

Elecciones y Nuevo Orden

Cerrados los colegios electorales, y finalizado el recuento, tenemos un resultado: ha ganado Alfonsito con 2/3 de los votos emitidos, frente a 1/3 de votos nulos. La participación ha sido bastante escasa, sólo tres votos, y uno de ellos telefónico. Por no votar, no ha votado ni mi mujer. Por tanto, el martes que viene tendremos la historia de Alfonsito.
Y ahora, pasamos al nuevo orden: A partir de este mismo instante, los martes tendremos cuentos a la carta, siempre que haya votos suficientes. Así que, en los comentarios de esta misma entrada, vayan pronunciándose, votando a uno de estos candidatos:

- El músico 1
- El músico 2
- El músico 3
- El músico 4
- Divorcios, malos tratos y discriminación de la mujer
- La piscina

Y aquí se acaba la democracia. Por otro lado, y continuando con el Nuevo Orden, los viernes serán para las Estampas Gijonesas, tres nuevas (o no) imágenes cada semana, con o sin pequeño comentario, para deleite de vuestros ojos, vuestras mentes y vuestras almas.

Bomboncito, una cosa te digo, para la semana que viene no te admito el voto por teléfono.