Lo primero que me llamó la atención de ella fue el chicle. Masticaba el chicle con la boca abierta, y en el largo pasillo de hormigón resonaba el eco de sus mandíbulas estrujando el chicle cada ver que mordía.
Luego su voz, ligeramente ronca, quizá gastada por hablar siempre a gritos. Reclamaba la atención de su acompañante, mirando a un niño, probablemente su nieto, aprendiendo a nadar en la piscina.
Ahí ya pensé que esa mujer era muy desagradable.
Otro día entramos detrás de ella en la piscina. Nos asignaron una taquilla debajo de la suya. Y ahí, la señora, guardando sus pertenencias en la taquilla, mientras el pequeño y yo esperábamos a que se quitara de en medio para acceder a la nuestra, se lo tomaba con calma.
Ahí yo ya le había cogido tirria.
Y entonces cierra su taquilla, y se pone a hablar a voces con otra mujer, sin moverse. Y el niño y yo detrás, a un lado, esperando que se aparte.
Entonces ya echaba de menos el bate de béisbol.
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viernes, 4 de noviembre de 2016
La mujer desagradable
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viernes, 1 de julio de 2016
Lágrimas
Pregunta dónde es el juicio. Mi compañero mira la citación y le dice:
este juicio se ha suspendido, no hemos podido citar al denunciado.
Intentamos avisarla ayer, para evitarle el viaje, pero no tenemos su
teléfono.
Y entonces empieza a llorar.
Le decimos que espere, que vamos a citarla para otro día. Y mientras espera, llora, y mientras llora, nos cuenta las perrerías que le hace su vecino: le tiene la puerta llena de aceite y de escupitajos, la escalera llena de colillas. Dejó un hueso de no se sabe qué en la maceta, y aquello estuvo lleno de moscas un montón de tiempo.
El denunciado suele estar en casa, pero cuando vamos del juzgado o de la policía a citarle no abre la puerta. Si no le citamos, no puede haber juicio.
Al final nos cuenta que suele pedir en un supermercado. Sabiendo esto, quizá la policía pueda dar con él y citarlo. Le caerá una multa, que no pagará. Entonces se sustituirá por una pena de privación de libertad: localización permanente. Lo que antes era arresto domiciliario. Pasará un tiempo sin salir de casa, o no, y luego todo seguirá igual.
***
Llega, con los ojos llorosos, cuarenta minutos antes del juicio. Pide un abogado de oficio y protección: es el denunciante, y dice que recibió una paliza que casi lo dejan ciego.
Cuando le digo que es demasiado tarde para pedir nada se le escapa una lágrima. Se va, diciendo que no va a testificar. Que tiene miedo.
Un rato después aparece de nuevo. Pregunta dónde es la sala de vistas.
¿Asistirá al juicio? ¿O es que quiere alejarse de la sala de vistas para no encontrarse con su agresor?
Y entonces empieza a llorar.
Le decimos que espere, que vamos a citarla para otro día. Y mientras espera, llora, y mientras llora, nos cuenta las perrerías que le hace su vecino: le tiene la puerta llena de aceite y de escupitajos, la escalera llena de colillas. Dejó un hueso de no se sabe qué en la maceta, y aquello estuvo lleno de moscas un montón de tiempo.
El denunciado suele estar en casa, pero cuando vamos del juzgado o de la policía a citarle no abre la puerta. Si no le citamos, no puede haber juicio.
Al final nos cuenta que suele pedir en un supermercado. Sabiendo esto, quizá la policía pueda dar con él y citarlo. Le caerá una multa, que no pagará. Entonces se sustituirá por una pena de privación de libertad: localización permanente. Lo que antes era arresto domiciliario. Pasará un tiempo sin salir de casa, o no, y luego todo seguirá igual.
***
Llega, con los ojos llorosos, cuarenta minutos antes del juicio. Pide un abogado de oficio y protección: es el denunciante, y dice que recibió una paliza que casi lo dejan ciego.
Cuando le digo que es demasiado tarde para pedir nada se le escapa una lágrima. Se va, diciendo que no va a testificar. Que tiene miedo.
Un rato después aparece de nuevo. Pregunta dónde es la sala de vistas.
¿Asistirá al juicio? ¿O es que quiere alejarse de la sala de vistas para no encontrarse con su agresor?
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lunes, 27 de junio de 2016
Mierda
Qué mierda las elecciones de ayer, de verdad. Qué mierda.
Que yo entiendo que cada uno vote lo que quiera, que no lo discuto. Que entiendo que cada uno tenga su ideología, y su forma de pensar, y lo que queráis.
Pero es que el PP no es un partido político, es una organización criminal. Que sabemos que a lo que se dedican es a forrarse, y luego ya si eso gobernar.
Que habéis votado a una panda de ladrones, coño.
Que nos reíamos de Italia por Berlusconi.
Que yo entiendo que cada uno vote lo que quiera, que no lo discuto. Que entiendo que cada uno tenga su ideología, y su forma de pensar, y lo que queráis.
Pero es que el PP no es un partido político, es una organización criminal. Que sabemos que a lo que se dedican es a forrarse, y luego ya si eso gobernar.
Que habéis votado a una panda de ladrones, coño.
Que nos reíamos de Italia por Berlusconi.
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martes, 10 de julio de 2012
Basado en hechos reales (II)
Yo compartía con mi novia un mini de calimocho en un bar de Malasaña. Era la primera vez que íbamos a ese bar, y nunca volvimos, pero aun así recuerdo el nombre: el Aenima. Fue hace tanto tiempo que no solo se podía fumar en los bares, además nosotros lo hacíamos regularmente. Y tan regularmente fumábamos que nos quedamos sin tabaco, con la mala suerte de que en el Aenima no vendían.
Así que fui de bar en bar buscando tabaco, mientras ella me esperaba con el calimocho. Tras tres o cuatro intentos fallidos, llegué a un local en cuya puerta había un señor, que al intentar entrar me dijo algo de una fiesta. Yo le informé de que no quería más que comprar tabaco, y él me abrió la puerta mientras me intentaba decir algo con la mirada, que yo no entendí.
Y al abrir la puerta, aún sin entrar en el local, choqué con la mirada de un hombre algo mayor que yo, rapado, con gafas de montura metálica, entre delgado y fibroso, que, mientras me desnudaba con los ojos, le daba vueltas a su pene: estaba desnudo. ¡Claro! El señor de la puerta me había dicho que había una fiesta sin calzoncillos. Miré a mi alrededor, y descubrí, al lado del ropero en el que otros dos hombres se desnudaban, la máquina de tabaco.
Así que fui de bar en bar buscando tabaco, mientras ella me esperaba con el calimocho. Tras tres o cuatro intentos fallidos, llegué a un local en cuya puerta había un señor, que al intentar entrar me dijo algo de una fiesta. Yo le informé de que no quería más que comprar tabaco, y él me abrió la puerta mientras me intentaba decir algo con la mirada, que yo no entendí.
Y al abrir la puerta, aún sin entrar en el local, choqué con la mirada de un hombre algo mayor que yo, rapado, con gafas de montura metálica, entre delgado y fibroso, que, mientras me desnudaba con los ojos, le daba vueltas a su pene: estaba desnudo. ¡Claro! El señor de la puerta me había dicho que había una fiesta sin calzoncillos. Miré a mi alrededor, y descubrí, al lado del ropero en el que otros dos hombres se desnudaban, la máquina de tabaco.
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viernes, 29 de junio de 2012
Basado en hechos reales
- No me funciona el píloro. - Me dice, entre tos y tos, señalándose la garganta.- Si no bebo pensando que estoy bebiendo, se me va por otro lado, me atraganto y me da la tos. Me oirás toser mucho.
Yo la miro y asiento.
Yo la miro y asiento.
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