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viernes, 11 de agosto de 2017

Maguila y el Gori

Maguila  y el Gori eran hermanos. Les llamaban así porque ambos tenían un aire simiesco en la forma de caminar: la postura de las manos, la zancada, el movimiento de los hombros... No sé qué era exactamente, pero veías andar a cualquiera de ellos y te venía a la cabeza la imagen de un gorila.
Aparte de eso, y de la delgadez que  también compartían, eran muy diferentes. Maguila, el mayor, era más alto, más feo, y parecía menos inteligente. El Gori, si  bien era más bajo, no solo era más guapo, era más atractivo. Era atractivo sin más, sin necesidad de compararlo con su hermano.
El que era mi amigo era el Gori. A Maguila lo conocía, claro, y muchas veces venía con nosotros, pero era un poco de otro mundo. Andaba siempre con los esprays, decorando la cuidad con sus obras de arte. Sin ser yo un entendido en grafitis, lo que hacía me parecía bastante bueno. El Gori, sin embargo, no tenía inquietudes artísticas. Era más, como yo, de beber cerveza y comer pipas en un parque cualquiera. 
Tenían una prima, Patricia. Aspirante a modelo y camarera en un garito nocturno. No era especialmente guapa, pero a mí me gustaba. No es que estuviera enamorado de ella, ni mucho menos. De todas formas era una chica molona, y yo no, así que era imposible que llegásemos a ser ni siquiera amigos. A Maguila no le caía muy bien, yo no sabía por qué, y la evitaba todo lo que podía.

Una noche de primavera coincidimos en una fiesta en casa de algún amigo común de Maguila y Patricia. Maguila no sabía que iba a ir su prima, claro, y en cuanto la vio se le puso mala cara. No sé muy bien qué pintaba yo ahí, había un montón de gente desconocida (odio a la gente desconocida, especialmente así, todos  de golpe; a mí presentádmelos de uno en uno) y yo me sentía un poco aislado. Así que cuando tuve la oportunidad entablé conversación con Patricia; así estábamos, comenzando una charla absurda en la que yo no sabía qué  decir, pero no la dejaba marchar, cuando conocí a Luis, y nada más conocerle le odié profundamente (luego veréis que el cabrón lo merecía): antes de que cerrara la puerta, Patricia le vio, gritó ¡LUIIIIIIIIS!, y se olvidó de mí. Él se acercó, se dieron un pico, y empezaron a contarse sus vidas como si yo no estuviera ahí. Así que me alejé, cogí algo de beber y me fui a buscar al Gori, al que afortunadamente hallé jugando a la play con otros dos chavales. Me uní a ellos.
Ya no me moví de ahí. El Gori tampoco. Los demás iban y venían, cambiábamos de juego, bebíamos, fumábamos, comíamos algo, pero nos hicimos fuertes frente a la play hasta que acabó la fiesta. Pasó por ahí un individuo, horrible, que había  venido con Luis. Me cayó igual de mal. Para empezar, su ropa: camisa, jersey de pico, zapatos. Nosotros éramos, sobre todo yo, de camiseta vieja y rota, botas de baloncesto, camisas de franela. Pero lo peor era la actitud, ese aire de estar por encima de nosotros, de saber más, de hacerlo todo mejor, de no sabéis divertiros. Afortunadamente, como él sí sabía divertirse, no pasó mucho tiempo en el rincón de la play.
Corría la cerveza, corría el calimocho, corría el hachís. La gente empezó a marcharse, el Gori se quedó dormido, y de repente estábamos jugando solos Maguila y yo. Joder, hasta el dueño de la casa se había marchado. 
Maguila estaba raro. Había estado vigilando a Patricia toda la noche, pero no se había acercado a ella. Apenas le había visto beber, fumar o comer, pero tenía  los  ojos vidriosos clavados en la tele, como si le diera miedo mirar a otro lado. Yo, en cambio, había bebido, comido y fumado lo mío y lo suyo, así que también tenía los ojos vidriosos. Me faltaba poco para quedarme dormido como el Gori, estaba en ese punto en que no puedes hablar. 
Y entonces oímos un ruido, una especie de gemido, un golpe, no sé. Un ruido que llamó mi atención, miré a Maguila y clavó los ojos en la pantalla, como si mirándola muy fuerte el resto del mundo se fuera a apagar, a desvanecer, a dormir. Yo no entendía nada. En mi estado, claro, tampoco habría entendido un episodio de Barrio Sésamo. Así que fui a levantarme para ir a ver, y Maguila me miró, muy serio, y dijo algo así como "déjalo", o "no vayas", o no sé. Hice un titánico esfuerzo, señalé con el pulgar y murmuré: "baño". "Tú verás", me dijo, así que  fui al baño antes de ir a mirar qué podía haber sido ese ruido. 
No sé cuánto pude tardar en salir del baño. A mí se me hizo eterno. Cuando salí, fui a la cocina, no había nada ni nadie. Las dos habitaciones estaban a oscuras, con la puerta entornada. Miré en la primera, y estaba vacía. Así que me acerqué a la segunda, despacio, con el corazón a mil, como en una película de miedo, pensando en bucle qué estará pasando para que Maguila sepa qué ocurre y no quiera decirlo, ni darle importancia, pero se le nota que le importa y parece grave. La puerta estaba casi cerrada del todo, y al acercarme ví que no estaba a oscuras, había una luz muy tenue. Miré por la rendija de la puerta, y los vi.
Estaban los tres: Luis, Patricia y el amigo pijo. Los tres con los pantalones (y lo que no son los  pantalones) bajados. Luis estaba sujetando las manos a Patricia, que no parecía muy a gusto con la situación, ni muy capacitada para oponerse. El pijo tenía los tobillos de Patricia sobre el hombro, y parecía pasarlo muy bien. 
Me quedé paralizado. No supe qué hacer. Y no creo que fuera solo por el alcohol y los porros. Así que hice como que no había visto nada, volví a la play y le dije a Maguila: "Tío... Me voy". Despertamos como buenamente pudimos al Gori y nos fuimos los tres.

viernes, 7 de diciembre de 2012

OVNI

En el andén, Paco esperaba entre la multitud. Ya se había acostrumbrado al vacío que le rodeaba: nadie se acercaba a menos de metro y medio de él, hiciera lo que hiciera. Ya había pasado la época en que se ponía justo en la puerta de salida del colectivo, impidiendo su uso y obligando a la masa a desalojar por las ventanas. Aquello ya no le divertía, y empezaba a echar de menos su casa, su familia, sus amigos y todos esos tópicos que uno echa de menos cuando se va a otro país. Mucho más, claro, cuando te has ido a otro planeta.
Entonces llegó un vehículo pequeño, y la burbuja a su alrededor se hizo más grande, y Paco se acercó dando ridículos saltitos, y entró. Se sentó en el asiento adaptado a su tamaño y se ajustó las correas mientras saludaba, sonriente, al Gran Crilkx.
-¡Cuánto tiempo! Pensé que ya te habías olvidado de mí.
- Imposible. Sabes que nunca olvido nada. - El Gran Crilkx estaba especialmente serio, y su voz sibilante y reptiliana daba un poco más de miedo que habitualmente.
La pequeña nave se elevó sobre el andén del intercambiador de transportes, dejando sitio al siguiente colectivo. A Paco, como siempre, le pareció que los motores de la nave debían haber abrasado a unos cuantos de estos seres, pero se abstuvo de comentar nada al respecto.
-¿Cómo han ido tus experimentos? Has estado mucho tiempo fuera. - Paco le miraba la cara, y a las manos,  y otra vez a la cara.
- No lo sé. Tendremos que hacer unos cuantos más antes de poder valorar los resultados. De momento no podemos sacar conclusiones de ningún tipo.
A Paco los experimentos de su amigo le daban bastante igual. Así que cambió de tema rápidamente, temiendo que le empezara a aburrir de nuevo explicándole los entresijos del sistema solar en que se encontraban. Como si a Paco le importaran el tamaño del planeta, el número de satélites que tenía y la distancia a la Tierra.
- Hay que ver... Llevo un montón de tiempo aquí, y hay algo a lo que no logro acostumbrarme.
El Gran Crilkx no respondíó.
- Vuestras manos. Son tan raras... sin palmas, esos cuatro dedos de cinco falanges, ese aspecto húmedo... Lo cierto es que dan un poco de grima.
El Gran Crilkx seguía con la mirada fija en el horizonte, pilotando la nave y abstraído en sus pensamientos.
- Sin embargo a vuestras caras sí que me he acostumbrado. Ya no me dais miedo, jejeje...
El Gran Crilkx emitió algo parecido a un suspiro, y siguió con lo que estaba.
- Creo que se acerca el momento de que me expliques un par de cosas. - Paco empezaba a estar un poco nervioso. No era normal que el amigo estuviera tan callado. Siempre estaba contando cosas, y, sobre todo, haciendo preguntas sobre los seres humanos y la vida en la Tierra. - Cuando me preguntaste por nuestra reproducción... Parecías sorprendido por mi respuesta. ¿Cómo lo hacéis vosotros?
Fingía desinterés, mirando por la ventanilla de la nave, el sol y la luna pequeña eclipsándolo, como todas las tardes; en realidad no había dejado de darle vueltas al asunto desde que había intuido que estos seres tenían más de dos sexos.
- Bueno, Paco... Supongo que te interesa más el aspecto físico que los pormenores de nuestra triple hélice de ADN. Así que te resumiré: tenemos tres sexos. Dos depositan su... información genética en el tercero, en el que los tres se combinan, e incuba la primera fase de la nueva vida. Luego expulsa algo parecido a un huevo, que es recogido, cuidado y alimentado por otro, hasta su nacimiento. No insistas que no me gusta hablar de esas cosas.
- Eh... Caray. Supongo que no tendréis documentales de eso, ¿no?
- Los tenemos, pero tú no vas a verlos. - El Gran Crilkx conectó el piloto automático, ya fuera de la ciudad, y se volvió hacia Paco. - Mira, como podrás ver, no vamos a mi despacho, ni a mi casa, ni al laboratorio. Tengo que hablarte de mis experimentos...
Paco le miró, intrigado, y empezó a sentir, sin saber por qué, cierto picorcillo en la espalda, justo entre los omóplatos. Muy incómodo.
- Vas a formar parte de ellos. Verás, te he mentido: no eres el único terrestre que tenemos aquí. En realidad, tenemos varios cientos. Y vamos a juntaros en pequeños grupos, aislados, y a ver qué pasa. Así que hoy va  a ser la última vez que nos veamos. Ahora te dejaré en la granja, donde te van a desinfectar, y te meterán con otros once seres humanos. Queremos investigar cómo os relacionáis.
- Pero... ¿Encerrados? ¿Once? ¿Cuánto tiempo?   ¿Por qué? - Ahora estaba sudando, mucho, especialmente por las palmas de las manos.
- Encerrados, para que estéis obligados a interactuar. Es lo que queremos ver. También tenemos curiosidad por vuestra reproducción, vuestas respuestas han sido siempre muy imprecisas. De todas formas, has tenido suerte: vamos a meterte con once hembras en edad reproductiva, machote.

martes, 10 de julio de 2012

Basado en hechos reales (II)

Yo compartía con mi novia un mini de calimocho en un bar de Malasaña. Era la primera vez que íbamos a ese bar, y nunca volvimos, pero aun así recuerdo el nombre: el Aenima. Fue hace tanto tiempo que no solo se podía fumar en los bares, además nosotros lo hacíamos regularmente. Y tan regularmente fumábamos que nos quedamos sin tabaco, con la mala suerte de que en el Aenima no vendían.
Así que fui de bar en bar buscando tabaco, mientras ella me esperaba con el calimocho. Tras tres o cuatro intentos fallidos, llegué a un local en cuya puerta había un señor, que al intentar entrar me dijo algo de una fiesta. Yo le informé de que no quería más que comprar tabaco, y él me abrió la puerta mientras me intentaba decir algo con la mirada, que yo no entendí.
Y al abrir la puerta, aún sin entrar en el local, choqué con la mirada de un hombre algo mayor que yo, rapado, con gafas de montura metálica, entre delgado y fibroso, que, mientras me desnudaba con los ojos, le daba vueltas a su pene: estaba desnudo. ¡Claro! El señor de la puerta me había dicho que había una fiesta sin calzoncillos. Miré a mi alrededor, y descubrí, al lado del ropero en el que otros dos hombres se desnudaban, la máquina de tabaco.

martes, 23 de septiembre de 2008

La gorda de la minifalda azul

La gorda de la minifalda azul está sentada en un banco del parque, y parece observar a los niños que juegan en el columpio. En realidad, mira mucho más allá, al semáforo que regula el cruce de la calle que lleva al parque con la avenida principal de la zona. Lleva ahí sentada, con la mirada como perdida, más de veinte minutos, con la espalda tiesa y la cabeza fija, los ojos clavados en el cruce.
Entonces ve venir el bemeuve, y se levanta de un salto. Cruza el parque apresurada, casi pisa a un par de críos que se persiguen y se escupen; se para al llegar al columpio, para cerciorarse de que ese es el coche que espera. La rubia del bemeuve rojo la ha visto, y ha levantado, desganada, la mano por encima del parabrisas. Entonces, la gorda de la minifalda azul, llevada por la emoción, sale casi corriendo, y está a punto de tener un accidente al llegar a la pequeña valla que rodea el parquecito: su primera intención es saltarla, pero se arrepiente tarde y frena bruscamente, de modo que choca con la valla y casi cae de bruces al otro lado. Pasa una pierna, luego la otra, y vuelve a salir corriendo hacia el coche descapotado, donde vuelve a ocurrirle lo mismo: su primera intención es saltar la puerta y caer grácilmente en el asiento del copiloto, pero en el último momento se da cuenta de su edad y su condición física. Otra vez frena tarde, esta vez demasiado, y ahora sí que cae dentro del coche, se apoya con las manos para volver a poner los pies en el suelo, mientras la rubia del bemeuve rojo mira al infinito con cara de eterno hastío. Por fin, la gorda de la minifalda azul se acomoda en el asiento, y la rubia del bemeuve rojo dice:
- Pero, ¿qué haces? Voy a aparcar ahí.- y señala una enorme plaza de aparcamiento a seis metros del vehículo.

Unos minutos más tarde, en una terraza cercana, se sientan y la gorda de la minifalda azul intenta desatarse:
- ¡Cuánto tiempo! ¿Dónde has estado, guapa? ¡Tengo tantísimas cosas que contarte! Fíjate, el otro d...
-Me voy.
-...ía, en... ¿Perdona?
- Que me voy. Me vuelvo a Jaén.
-¿Cuándo? ¿Por qué? - A la gorda de la minifalda azul se le empieza a caer el mundo encima.
- Mañana mismo. Por fin he conseguido que me trasladen allí...
- No sabía que querías irte.
- Lo sé, no quise decírtelo.
- ¿Pero por qué? O sea, ¿por qué te vas? Yo pensaba que eras feliz aquí.
- Bueno, al principio no estuvo mal. Pero poco a poco las cosas han cambiado.
- No acabo de entenderte.
- A ver: no soporto a mis compañeros de trabajo. Al principio me esquivaban, y eso me daba igual, pero ahora me putean. Y eso ya no me da igual. Ahora tengo la oportunidad de volver a Jaén y ganar más dinero.
- ¡Pero tú odiabas Jaén!
- A ver, mira, en realidad pasan dos cosas. Tú ya no eres una mujer encantadora siempre dispuesta a ayudar: eres una petarda chillona, pesada y entrometida, me he tenido que cambiar de piso a la otra punta de la ciudad para no verte, y todo el día llamándome... ¡¡Todo el puto día!! Y, además, me he cansado de follarme a tu marido. Al principio tenía gracia, estar desnuda con él mientras hablabas conmigo, pero ese jueguecito ya me aburre, y el pobre no da para mucho más... Así que ahí os quedáis. No creo que volvamos a vernos, al menos yo haré todo lo posible para que no ocurra. ¡Ahí os quedáis!

Y la rubia del bemeuve rojo se levanta y se va, y ahora parece más cabreada que hastiada. Y cuando por fin el descapotable gira y desparece detrás de la esquina, la gorda de la minifalda azul se da cuenta de que todavía no está llorando, y en ese preciso momento se desata, y sus ojos empiezan a chorrear lágrimas que le caen, abundantes, negras de maquillaje, por la caara hasta la blusa blanca, y a pesar de eso nadie se da cuenta de que llora, en la terraza abarrotada, porque hace ya tiempo que aprendió a hacerlo en silencio.

martes, 17 de junio de 2008

Humberto y Horacio

Al contrario de lo que pudiera parecer al oír sus nombres, ni Humberto ni Horacio eran americanos, ni lo eran sus familias. Y al contrario de lo que pudiera parecer al verlos siempre juntos, nunca fueron pareja.

Humberto era más alto que Horacio, tenía el pelo más largo y más oscuro. Era tímido y patoso, siempre tenía en las manos o los brazos alguna pequeña herida o marca de haberse raspado con algo. Encima, tenía en la cara unas leves manchas rojizas que le hacían parecer eternamente azorado. Aparte de esto, y del aparato en los dientes, no era feo. Y nunca tuvo granos.

Horacio, en cambio, pasada la época de las espinillas quedó bastante resultón. Era extrovertido, simpático, activo y deportista, pero muy impaciente. Nunco pudo leer un libro ni practicar con la guitarra: siempre prefirió jugar al fútbol o lanzarse en patines pendiente abajo.

Los domingos por la mañana se juntaban con Bruno, quien sí era latinoamericano y homosexual, para cantar y tocar la guitarra en el parque. Con el tiempo, llegaron a congregar un pequeño grupo de fieles quinceañeras: Brueno era un gran guitarrista, Humberto no cantaba mal y Horacio era guapo y simpático con ellas.

Era prácticamente imposible ver a Horacio y Humberto por separado en la calle. Se llamaban el uno al otro hasta para el má rápido de los recados. Lo hacían absolutamente todo juntos, desde comprar el pan hasta perder la virginidad (bueno, esto último lo hicieron en habitaciones contiguas).

Este estar siempre juntos acabó por generar ciertos problemas. Resultaba difícil mantener relaciones de pareja cuando la relación entre ellos estaba por encima de cualquier otra cosa; ni Horacio ni Humberto pudieron encontrar una chica capaz de tragar con eso. Lo ideal habría sido topar con unas siamesas, pero no tuvieron esa suerte.

Bien entrados en la veintena, la situación cambió cuando Horacio conoció a Izaskun: pelirroja, psicóloga, comunista, sagitario y una bomba en la cama, o en el asiento de atrás del coche. Así que Humberto, de repente, se había quedado solo en la vida. Siguió tocando y cantando con Bruno en el parque, pero al faltar Horacio en menos de un mes se quedaron sin ese público que había permanecido fiel durante casi diez años.

Se dio a la bebida. Mientras Horacio tenía una vida de pareja plena, con sus arrumacos en el cine, sus planes de futuro y sus abundantes sesiones de sexo, Humberto aprendía a beber alcohol. Los amigos comunes que habían tenido toda la vida no le aportaban lo que Horacio; siempre habían estasdo ahí como de personajes secundarios, y no sabía o no quería profundizar en esas relaciones. Humberto comenzó a salir solo por las noches, a emborracharse y a contratar a prostitutas. Luego dejó las prostitutas y los bares, y empezó a emborracharse en los parques. Al principio con cerveza de importación, luego la más barata, luego el vino en tetra brick.

Una noche, Humbeto camina totalmente borracho por la calle. Es viernes en un barrio apartado de la ciudad: no hay mucho tráfico. Con el brick de vino en la mano, se sienta a descansar en el bordillo. Bebe vino, se queda dormido. Bebe vino y se orina casi sin darse cuenta. Bebe vino.

Esa misma noche, Horacio e Izaskun han aderezado su entcuentro sexual con alguna sustancia prohibida. Han hecho el amor, han discutido y Horacio se ha ido con el coche, dejando a Izaskun sola en el centro de la ciudad. Es la primera vez que discuten tan fuerte. De repente, Horacio se ha dado cuenta de que lleva más de un año si ver siquiera a Humberto, y necesita hablar con él, a ver si así se calma eso que le recorre todo el cuerpo y no le deja estarse quieto. Conduce sin pensar, recorriendo la ciudad como lo haría en patines: no es que no reespete las señales de tráfico, es que no las ve. Llegando a su barrio, tras entrar, sin reparar en ello, en una calle oscura en dirección prohibida, suente que algo golpea el coche. "Una papelera", piensa.

No es consciente de que ya nunca hablará con Humberto.

martes, 20 de mayo de 2008

Miriam (Otra pequeña aportación al concurso de la SER)

Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Lo tiró junto a los demás, a la montaña de bolas de papel que ocultaba la papelera. Suspiró, se levantó, dio una vuelta por entre los cúmulos de ropa sucia y restos de comida putrefactos, se acercó a la ventana, y al asomarse lo vio. Asustada, gritó, abrió la ventana, se asomó para llamar su atención, y acabó cayendo al vacío.

- Jo, tío, yo estaba en la azotea, con medio cuerpo fuera, sacando la antena para que Javi pillara conexión. Y de repente veo a la loca esa, que abre la ventana desnuda y se tira gritando.

domingo, 18 de mayo de 2008

Una cosita rápida

Hace unos días, o unas semanas, fui a la biblioteca. Me había dejado el móvil en casa, y la guardería me somete a un horario más o menos estricto: debería estar allí a eso de la una. Así que, en vista de que no había ningún reloj a la vista, me puse a oír la radio, con la esperanza de no distraerme demasiado pero escuchar lo suficiente como para averiguar la hora.
Casualmente (de verdad que fue casualmente) lo primero que sintonicé fue la SER. Menos mal que pillé programación nacional, porque la SER de Gijón es lo más cutre que he podido llevarme a las orejas en mucho tiempo. Si será cutre que me alegré de pillar a Francino...
El caso es que estaban radiando una especie de concurso literario, promovido o apoyado por escueladeescritores.com. El tal concurso consiste en que cada semana hay un vencedor, y la última frase del vencedor de la semana es la primera de los relatos que concursan a la siguiente.
Con esa velocidad y rapidez de reflejos que me caracterizan, me decidí a participar. Más abajo tenéis lo que me salió del boli en un ratito que me puse.



No siempre es así, normalmente en la biblioteca estudio.

Se lanzará desde el trapecio

- Se lanzará desde el trapecio. Intentará llegar hasta su hermano, pero no creo que lo consiga.
- Entonces habrá que poner una red, ¿no?
- No, no cabe en la pista. Irá con un arnés.
- Eso queda fatal.
- Lo sé.
- No querrá llevarlo.
- Lo sé.
- Se matará.
- Eso espero, últimamente está muy pesada con lo del embarazo.

domingo, 4 de mayo de 2008

El Músico I: Madrid (2º parte)

- Bueno, me voy. Un beso, Clara. Encantado, Ñako.

- Para ti, Iñaki. Hasta la vista.


Así acabó el cumpleaños de Clara.


***


Después de aquel extraño cumpleaños sin alcohol mi mundo empezó a cambiar. Al principio fueron pequeños detalles: Juan me comentó que quería ser músico, así sin darle importancia, un día que habíamos ido al centro a mirar discos en tiendas de segunda mano. Por otro lado, Clara me hacía cada vez menos caso, hasta el punto de que para cuando llegó el verano, y todo empezó a precipitarse, mi presencia para ella había pasado de ser inocua a ser negativa.

A principios de junio, cuando Clara todavía me soportaba, un buen día Juan apareció con una armónica. Decía que lo que le gustaba era la batería. A través de Clara, había conseguido que Iñaki accediera a darle clases: pero él quería ser un músico completo, así que mientras Iñaki acababa de suspender el curso en Salamanca, mi mejor amigo estaría dando la lata continuamente con la armónica.

La noche de San Juan Iñaki volvió a Madrid. Clara y Juan habían ido a comprar algo de comer y de beber, yo me había quedado solo, en un banco, guardando el sitio, no demasiado lejos de la verbena. Le vi acercarse a mí, y con mi más hipócrita sonrisa, todo sea por llevarnos bien y mantener las formas, le dije:

- ¡Hola Ñako!

- Para ti, Iñaki. ¿Has visto a mi hermana?

- Eh... - No sabía qué responder, y entonces los vi venir- mira... allí viene...

Al verle, tanto Clara como Juan (mi mejor amigo) gritaron "¡Ñako!", y ella vino corriendo hacia él. Pude observar y escuchar la conversación entre los tres, típica conversación de reencuentro (cuándo has venido, hasta cuando te quedas, estás más delgada, a ver si te afeitas...) y tres veces, tres, Juan llamó Ñako al hermano de Clara. Ahí empecé a rumiar mala sangre.

Esa triste noche acabó con un servidor gravemente intoxicado, y Juan, mi mejor amigo, cuando creía que los vapores etílicos me impedían verlo, cogía a Clara de la mano. Y ella le miraba a la cara, y sonreía. Entonces yo intentaba beber más cerveza, o vomitar un poco más. Así hasta que me abandonaron en mi portal, absolutamente borracho y enfermo de odio y rabia, de tanto rumiar tan mala sangre.

Tardé varios días envolver a ver al que hasta entonces había venido siendo mi mejor amigo. Ahora, además de llevar a todas partes la armónica, invento del diablo, llevaba también un par de baquetas, y en cuanto parábamos en algún sitio deba el coñazo con lo uno o con lo otro. Tan concentrado estaba repitiendo los ejercicios que le había enseñado Ñako (Iñaki para mí) con los palillos, que se le olvidó que me debía, al menos, una explicación.

La ruptura final llegó una o dos semanas más tarde, ya metidos de lleno en el verano, mediados de julio, días de chanclas y piscina municipal, porros a escondidas y noches calurosas con los amigos en un banco, en un parque. Una de esas noches me quedé solo con Juan, sabiendo que tendría bronca en casa por llegar tan tarde, pero quería, de alguna manera, darle la oportunidad de hablar de ello. Ya no quería una disculpa, ni una explicación, me bastaba con que habláramos de ello; esa sutil forma de admitir que algo había pasado entre él y yo, en el momento en que Clara había pasado de ser la chica que me gustaba a ser su novia.

Pero no dijo nada. Al menos, no dijo nada sobre ese asunto. Habló mucho sobre muchas vanalidades, especialmente sobre la (su) armónica, la batería que aún no se había comprado, y la música que haría en un futuro.

- Y, oye, no me llames Juan.

- ¿Cómo?

- Que no me llames Juan.

- ¡Pero es que te llamas Juan!

- Ya... Es que Juan es un nombre muy vulgar. Como llamarse Jose, ¿sabes? No mola. Así que he pensado que me lo voy a cambiar.

- ¿Cómo quieres que te llame? ¿Iñaki?

- ¡No hombre! He pensado traducirlo. En inglés, John o Johnny, está muy visto, no mola.

- ...

- En francés, Jean, pues tampoco, que suena muy afeminado.

- Pfffffffff... ¿En italiano?

- Pues sería Giacomo, ¿no? Como que tampoco.

- ¿Entonces?

- En irlandés: Sean. Además, tengo una tía irlandesa, así que...

- No me jodas. Un primo de tu padre estuvo casado con una irlandesa, y se divorciaron. No tienes ninguna tía irlandesa.

- Bueno, pero eso no lo sabe nadie más que tú, y a mí Sean me mola. Y a ti nadie te dijo nada cuando quisiste dejar de ser Paco y llamarte Fran.

- A mí todo el mundo me llama Paco.

- Bueno, joder, pues yo quiero llamarme Sean.



Por no llamarle Sean, no lo volví a llamar.

Fue la última vez que hablé con él. Estuve esquivándole como seis meses, hasta que nos acostumbramos a evitarnos. Por lo que supe, siguió con la armónica, se compró una batería y consiguió que todos le llamaran Sean. Su relación con Clara duró por lo menos mientras tuve noticias de ellos, y años después de perderle definitivamente de vista me lo encontré en la portada de una revista musical.

martes, 19 de febrero de 2008

Cuentos a la carta

¿Cómo?¿Primera parte?
Eh... sí. No he podido acabar este primer capítulo de El Músico, así que, el martes que viene publicaré la segunda parte del primer capítulo... Y todavía no sé si habrá una tercera. Así que, de momento, la votación para el siguiente cuento a la carta sigue abierta aquí. Y aquí, para saber qué es eso de los cuentos a la carta.

El Músico I: Madrid. Primera parte.

Supongo que todo empezó en la fiesta de cumpleaños de Clara. No podría decir exactamente cuántos años cumplía, pero recuerdo con precisión un detalle: fue el último cumpleaños que celebramos sin alcohol. Y recuerdo esto porque, cuando nos enteramos, a todos nos pareció que sería una fiesta bstante aburrida. De hecho, de los veinte agasajados, seis rechazaron la invitación al saber que no habría ni una mísera cerveza. Otros cuatro entendieron mal las instrucciones, y se presentaron en casa de Clara con cerveza y vino; ella les indicó amablemente que el alcohol tendría que esperar fuera, escondido en el jardín del chalet, y ellos amablemente aguantaron poco más de media hora en la fiesta.
Lo cierto es que la celebración cumplió nuestras expectativas: fue un absoluto aburrimiento. Éramos demasiado mayores para jugar al escondite o a las tinieblas; nuestro cuidado vestuario nos impedía practicar algún deporte en el escueto jardín; mojar las patatas fritas en la cocacola había dejado de ser divertido hacía años; y para lanzarnos a los juegos de darse besos y desnudarse nos hacía falta un poco de alcohol: ya no sabíamos hacerlo de otra manera. En menos de dos horas, de los catorce que habíamos ido a la fiesta quedábamos tres: Clara, Juan y yo. En vez de una celebración aquello había quedado en un infierno. Una especie de desierto, en el que sólo había aburrimiento, por muy lejos que intentásemos mirar.
En cualquier otra situación, no habría sido tan malo: Juan era mi mejor amigo, y no necesitábamos mucho para pasar el rato; y Clara, además de muy guapa y muy simpática, y de otras muchas cualidades positivas, normalmente era muy divertida, pero el fracaso de su fiesta la había dejado hundida. Entonces, cuando Juan estaba empezando a darme a entender que ya no aguantaba más, que se iba a ir, que le debía el mayor de los favores, entonces, se oyó una llave entrar en la cerradura y abrir la puerta.
A Clara se le iluminó la mirada: su ojo azul y su ojo verde (el derecho y el izquierdo, respectivamente), se abriero, la sonrisa le llegó de un pendiente al otro, y gritó: "¡Ñako!". Corrió hasta la puerta y de un salto se colgó de un tío alto, melenido, no tan rubio como ella, con la misma expresión en la cara de estar pensando en otra cosa; su hermano, casi diez años mayor que ella.
Clara nos presentó a su hermano Iñaki, estudiante de ciencias geológicas en la Universidad de Salamanca, y en seguida le dijo algo al oido. Juan me miraba con cara de "¡Vámonos!", y nos íbamos a ir, cuando los hermanos nos arrastraron al garaje del chalet, donde Iñaki tenía montada su batería. Nada más verla, a Juan se le pasaron las ganas de salir de allí.
Iñaki se puso a tocar, y su hermana pequeña a bailar. Juan miraba hipnotizado al melenudo, y yo no podía apartar los ojos de Clara. Al final, salimos de aquel chalet alrededor de las dos de la mañana. Yo estaba igual que había entrado, amando a Clara en silencio; Juan acababa de descubrir a qué dedicaría el resto de su vida.

martes, 5 de febrero de 2008

Villanueva (La piscina)

Villanueva es un pueblo que tiene una piscina. Es una piscina cubierta, más o menos nueva, adosada al polideportivo de toda la vida, que es, evidentemente, mucho más antiguo.
En Villanueva reside desde hace cuatro o cinco años Cándido Morán Bermúdez, funcionario de Correos, miope, rubio y madridista; padre de dos hijos a los que ve cuando le obligan, bebedor ocasional y cliente habitual de Serenade, el menos casposo de los burdeles cercanos.
Cándido nunca ha tenido amigos en Villanueva. No ha conseguido entablar relación con ninguno de sus compañeros de trabajo, ni con otros habituales del Serenade, fuera de esos ámbitos. En general, sus vecinos siempre han pensado que hay algo oscuro en la intimidad de Cándido.
El señor Morán también hace deporte: acude a la piscina municipal de Villanueva dos o tres veces por semana, hace veinte o treinta largos, y se va. A esta piscina suele acudir también Verónica Borrell Valverde, también funcionaria, también forastera, pero más simpática, joven, guapa e integrada en la comunidad que el cartero.
Vero es licenciada en veterinaria, pero trabaja en la administración de justicia, desarrollando alguna labor administrativa en el juzgado de Villanueva. Se sabe guapa, se cuida, y le gusta lucirse. Comparte piso con Isabel Carvajal García, y con Silvita, hija sin padre de esta última. No falta quien comente que comparten algo más que el piso.
Vero, Isabel y Silvita acuden semanalmente a la piscina municipal, al cursillo de natación para niños de 1 a 3 años. Como el curso se desarrolla en una piscina de 70 centímetros de profundidad, la veterinaria quiso obviar la norma que obliga al uso de gorro de baño. El monitor del cursillo no quiso entrar en razón, así que ahora Verónica se pone el gorro de baño como un solideo.

Y entonces llegamos a Lo que pasó.

Lo que pasó es que el sábado por la mañana, Cándido se levantó ligeramente resacoso: el viernes había hecho una visita al Serenade y se le había hecho tarde. Así que decidió quemar la resaca en la piscina, castigarse haciendo unos largos mientras planeaba cómo perder el tiempo el resto del fin de semana. Y ocurrió que, al salir del agua, vio a Verónica, tan joven, tan guapa, luciendo ese escaso bikini... Y pasó a la ducha, y bajo el chorro de agua caliente, sedado por la resaca y el cansancio, se ensoñó pensando en la veterinaria del juzgado, y de eso pasó a ensoñarse en las actividades de la noche anterior, y de eso pasó a sentir una intensa erección, y de eso pasó a darse cuenta de que su mirada perdida estaba clavada en un niño al que duchaba su padre, y de eso pasó a recibir una mano de hostias que lo mandó al hospital.

martes, 29 de enero de 2008

Alfonsito

Alfonsito es un señor de algo más de 40 años. Trabaja en una pequeña tienda de su propiedad, y viste siempre de blanco impoluto porque hace sólo tres años la tienda era una panadería, que pertenecía a Doña Dulcinea, digna sucesora de una estirpe de amantes de la literatura clásica y madre de Alfonsito.
Alfonsito, con gran visión comercial, decidió que una panadería no era negocio suficiente, y arrinconó el pan en una esquina, llenando el escueto local de estanterías rebosantes de productos envasados. Esto lo llevó a cabo dos meses después, exactamente, de la muerte de su madre, coincidiendo con la venta del piso en que ambos habían residido.
En el barrio, donde todavía todos conocen la vida de todos, nadie sabe dónde vive ahora Alfonsito. Algunas señoras le han preguntado abiertamente, pero él, con mucho ingenio, siempre responde con evasivas: "¿No querrá usted acosarme, doña Virtudes?", le dijo a una; "Eso es un secreto de estado, señora Benita", le dijo a la otra. Así que, como tampoco ha querido nadie molestarse en seguirle, el domicilio de Alfonsito permanece desconocido.
Alfonsito no es muy alto: debe rondar el metro sesenta y cinco. Le sobran diez o doce kilos, y cubre su calva con una loncha raída de pelo grasiento que, aunque no lo parece, lava cuidadosamente todas las semanas. Adorna su rostro con un bigote, que cuida menos que su pelo pero luce mucho mejor.
Alfonsito desayuna todos los días en el bar del Urco. El Urco se llama Sebastián, y la única persona que recordaba porqué le llaman el Urco murió dos meses y medio después que Doña Dulcinea, la madre de Alfonsito. Así que ni siquiera Sebastián sabe porqué le llaman así.
En el bar del Urco Alfonsito consume todas las mañanas un café con leche grande y un curasán a la plancha, con mermelada de melocotón. Cada día hojea un periódico, fijando la vista en sus páginas como si leyera los titulares con gran concentración: en realidad lo único que le interesa es el horóscopo. El periódico que manosea cada día lo elige de manera aleatoria. Siempre quiere leer alguno que ya está ocupado, y busca siempre ciertas características en la persona a la que le pide el diario. En orden decreciente de importancia, estas características son: que sea mujer, que sea joven, que sea guapa, que sea desconocida. Esto podría explicar porqué Marisol siempre coge dos periódicos.
El Urco, desde sus casi dos metros de altura y con su voz aflautada, comenta todos los días, al salir Alfonsito del bar, que a este hombre le falta un hervor. Si Marisol no ha abierto aún la mercería de su abuela, responde que no, que lo que le pasa es que es tonto. No falta quien le diagnostica retraso mental, estupidez congénita o incluso un complejo de Edipo mal resuelto. Pero en realidad nadie tiene constancia de que ningún psiquiatra haya tratado a Alfonsito.
Después de desayunar, Alfonsito abre la tienda. Suele ser entre las nueve y las nueve y veinte de la mañana. Y, desde ese momento, no sale de la tienda hasta que cierra. Para comer, Alfonsito suele abastecerse de su propio stock, lo mismo le vale hacerse un bocadillo de atún con pimientos y mayonesa que una auténtica fabada asturiana Litoral. Cierra durante una hora, pasa a la trastienda y allí, sentado en el camastro en el que duerme todas las noches, engulle lo que toque mientras escucha atentamente Radio 3. Después de comer, a veces se echa un rato, pero lo habitual es que lea compulsivamente cualquier cosa encuadernada que haya encontrado en sus paseos dominicales.
Porque Alfonsito pasea, todos los domingos. Sale de la tienda a las ocho de la mañana, y recorre la ciudad durante todo el día cumpliendo una ruta cuidadosamente trazada. Camina durante la mayor parte del tiempo, pero también coge dos autobuses para poder alcanzar todos los puntos de interés de su garbeo semanal.
Y la culpa de todo la tiene Amélie. Porque se le ocurrió viendo la película, claro. Y por eso su ruta dominguera incluye los tres fotomatones cuya existencia conoce. En las papeleras de sus cercanías, Alfonsito busca fotos desechadas. Casi nunca encuentra nada, y cuando encuentra algo, no suele valerle. Porque a Alfonsito sólo le valen las fotos de mujeres, jóvenes, guapas, y desconocidas. A pesar de lo poco fructíferas que son estas paradas, no se le pasa por la cabeza abandonarlas.
Además de los fotomatones, Alfonsito visita algunos contenedores de reciclaje de papel, a ver si puede rescatar algún libro, o en su defecto alguna revista. Luego, acude a unos baños públicos a darse su ducha semanal, y hambriento y bien aseado, vuelve a su tienda.
Allí, para acabar el día, encerrado en la trastienda, en el camastro, escuchando Radio 3, rodeado de latas de conserva y alguna que otra cucaracha, Alfonsito repasa su album de chicas guapas de fotomatón. En realidad, de fotomatón sólo hay tres fotos, las demás son de las revistas. Muy metódicamente, después de revisar el album, contempla las nuevas adquisiciones, y con mucho sigilo, como si temiera que alguien le pillara, se toca. Si acaba satisfecho, añade las novedades al album; si no, las tira a la basura. Siempre, todos los domingos, tras devolver el album a lo alto de la torre de paquetes de latas de guisantes, suspira, se mesa los escasos y ralos pelos que le quedan, y se deja caer en la cama, dispuesto a esperar dormido a que lo alcance la siguiente semana.

miércoles, 23 de enero de 2008

Elecciones y Nuevo Orden

Cerrados los colegios electorales, y finalizado el recuento, tenemos un resultado: ha ganado Alfonsito con 2/3 de los votos emitidos, frente a 1/3 de votos nulos. La participación ha sido bastante escasa, sólo tres votos, y uno de ellos telefónico. Por no votar, no ha votado ni mi mujer. Por tanto, el martes que viene tendremos la historia de Alfonsito.
Y ahora, pasamos al nuevo orden: A partir de este mismo instante, los martes tendremos cuentos a la carta, siempre que haya votos suficientes. Así que, en los comentarios de esta misma entrada, vayan pronunciándose, votando a uno de estos candidatos:

- El músico 1
- El músico 2
- El músico 3
- El músico 4
- Divorcios, malos tratos y discriminación de la mujer
- La piscina

Y aquí se acaba la democracia. Por otro lado, y continuando con el Nuevo Orden, los viernes serán para las Estampas Gijonesas, tres nuevas (o no) imágenes cada semana, con o sin pequeño comentario, para deleite de vuestros ojos, vuestras mentes y vuestras almas.

Bomboncito, una cosa te digo, para la semana que viene no te admito el voto por teléfono.

martes, 8 de enero de 2008

Me he leido un libro

Se llama En el nombre del cerdo, de Pablo Tusset. Y, después de leer esto, me ha decepcionado menos de lo que esperaba. Ahora, sí, os digo, el final es malo que te cagas, en la línea de Lo peor que le puede pasar a un cruasán: se carga el libro entero porque no le da la gana currarse un final digno. O eso me parece a mí, vaya. No obstante, tiene unos diálogos que me han hecho reirme a carcajadas.

A ver, voy a intentar expresarme de manera ordenada, porque me está saliendo un galimatías incomprensible.

En general, me ha parecido una novelita entretenida.

Lo que más me ha gustado: el comisario Pujol, su relación con su mujer, sus diálogos con el dependiente de la tienda de discos; Suzanne tampoco está mal.
Lo que menos me ha gustado: T, y el final del libro. Concretamente, el final tiene el mismo fallo que El cruasán: que no responde la mayoría de las preguntas que arrastras desde el principio.

Es muy posible que el libro sea peor que lo que estoy expresando; insisto en que las críticas que había leído/escuchado sobre él eran tan malas que me esperaba algo incluso peor.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Citas

¿Por qué si un asiático levita es yoga, pero si levita un colombiano es un cuento de García Márquez? ¿Por qué si un hindú prescinde de los ahorros de toda su vida es ascetismo, y si lo hace un argentino es corralito? Hay mucho racismo intelectual en Europa.


Hernán Casciari, aquí. Este tío es un genio.

martes, 20 de noviembre de 2007

Al salir del túnel

La niña salió del tunel cansada, rota, con el eco de las pisadas de los soldados retumbando en el silencio que la rodeaba. Silencio absoluto: ni trenes ni sirenas ni explosiones ni sargentos gritando órdenes. Silencio tenso. Silencio extraño. Silencio frío.
La niña había perdido la memoria al cruzar el túnel, o quizá antes; no lo recordaba. La niña caminaba arrastrando los pies entre las vías con un brazo inmóvil, rígido, apuntando hacia atrás. La niña ni siquiera sabía qué había sujetado antes en esa mano, qué habían aferrado esos dedos que ahora parecían un rastrillo de juguete.
La niña tenía miedo, frío, hambre, sed, sueño, miedo y frío. La niña se escondió entre la suciedad, la basura y la podredumbre y se quedó dormida porque ya no sabía qué otra cosa podía hacer.

- ¿Cómo te llamas?
- ¿?
- Que cómo te llamas.
- ...
- Cómo te llamas, what is your name, comment tu t'appelle...
- (bostezo)
- Si me dices tu nombre te doy un bocadillo.

La niña abrió los ojos y vio a un hombre grande y rubio. Muy grande, muy alto, muy rubio y muy cabezón. Agitaba frente a su boca un bocadillo frío, rancio y grasiento de panceta.

- Es que no me acuerdo.
-Vaya. Parece que tenemos un problema. Anda, ven conmigo, que aquí fuera hace frío, y hambre, y oscuridad.

En realidad, la niña ya no tenía ni miedo, ni frío, ni hambre, ni sed, ni sueño. Pero el hombre alto, grande, rubio, cabezóny pálido parecía simpático, tenía comida y además ella ya estaba cansada de estar sola. Así que se puso de pie, se estiró, se acercó al hombre y le dio la mano. Juntos caminaron en silencio entre las vías, y aunque era de noche cerca del hombre había luz, y calor, y como ya no tenía hambre no le importó que tirase el bocadillo, y no sabía porqué pero sí sabía que era por estar cerca del hombre alto, grande, rubio, cabezón y pálido, que tenía una voz tan grave, profunda y agradable.
Cogidos de la mano se acercaban a la caseta de la estación. Al abrir la puerta, el hombre le acarició la cabeza y dijo:

- Tranquila, mi vida, aquí estarás a salvo de los soldados. Verás qué bien lo pasamos...

lunes, 1 de octubre de 2007

El Equipo A

Viajar en autobús es desagradable.
Viajar en autobús de Madrid a Gijón un viernes cogiendo el billete más barato ya es un infierno.
Hace calor. No te puedes mover. Se supone que es un viaje de 5 horas y 45 minutos, pero eso nunca se cumple y acaban siendo 6 horas y pico. Y cuando llegas a Asturias, que te piensas que ya estás llegando, empiezas a hacer paradas.
Paras en Pola de Lena. Se bajan dos personas. Sales de Pola de Lena.
Paras en Mieres. Bajan tres personas. Sales de Mieres.
Entras en Oviedo. Das una vuelta. Paras delante de un hotel y bajan tres personas. Das varias vueltas por Oviedo. Llegas a la estación de autobuses, que debe estar en el centro geográfico de la ciudad, por lo que se tarda en llegar. Y se baja casi todo el mundo. Y luego te cuesta la vida entera volver a salir de Oviedo.
Y por fin llegas a Gijón.

Como ya habréis observado, un viaje tan largo da para plantearse todo tipo de estupideces. Verbigracia: Si hiciera yo, ahora, un remake de El Equipo A, ¿cuál sería el reparto?
Pues a esta importante disquisición filosófica dediqué la mayor parte de mis esfuerzos intelectuales durante el trayecto. Y la cosa quedó más o menos así:

Aníbal: Ya iba yo a llamar a Bruce Willis, cuando demostrando un gran criterio y conocimiento de las artes cinematográficas mi señora me recomendó a un tal Ford, Harrison Ford. Y la verdad es que parece mucho más adecuado, así que ya estoy llamando a su agente.
Fénix: George Clooney. Sin duda, no admite discusión de ningún tipo.
Murdock: Jim Carrey. Si se contiene, nos puede dar un Murdock en su punto justo de histrionismo.
M.A.: Ahí está la cosa complicada... pero después de darle muchas vueltas (de Tordesillas a Benavente, com parada en Villalpando), me quedo con The Rock. Está lo bastante cachas y es lo bastante malo como para clavar el papel.

Ahora supongo que los puristas me dirán que The Rock no es negro. Bueno, vale, qué más da. Si es tan necesario que un 25% del Equipo sea negro, siempre podemos llamar a Morgan Freeman para que haga de Aníbal o a Denzel Washington para Fénix. Es que actores negros cachas sólo me sale Wesley Smipes, y no acabo de verlo como M.A.

Luego intenté preparar la versión española, y si bien Aníbal es un papel más o menos fácil de cubrir, no acabo de ver a ningún actor español haciendo de Fénix, ni M.A., ni Murdock. Si alguno de vosotros se atreve, ahí tenéis los comentarios.

lunes, 24 de septiembre de 2007

A-6

Supongo que cuando me di cuenta ya debía haberme adelantado tres o cuatro veces. Pero entoces la vi: una chica conduciendo un opel astra azul oscuro con la L detrás, que me adelantaba y se quedaba justo delante de mí. Y me di cuenta de que la había visto varias veces. Así que llevábamos un rato jugando, y yo no me había dado cuenta, ¿no? Pues nada. A jugar.
Yo iba despacito, a 110 o así. Sólo tuve que pisar a fondo y esperar un poquito. La ford transit se puso berraca, menos mal que iba vacía, y adelanté al astra. Miré a la conductora mientras la adelantaba: pelo largo y negro, gafas de sol, no me miraba. Es todo lo que me dio tiempo a ver. La pasé, y me quedé a 130 delante de ella, esperando a ver que hacía, no fuera a ser todo imaginación mía.
Durante un rato no pasó nada. Yo seguía a 130 por la autovía, manteniendo la velocidad. Y no la vi llegar: apareció, a 150 por lo menos, se quedó delante de mí, y frenó. Bajó a 100, casi me estampo contra ella. Así que reduje, me puse a 100, esperé un ratito, y volví a pisarle. Otra vez la transit a 130. La pasé, la miré, ella a mí no, y me quedé delante, otra vez.
No puede ver mucho más. Morena, rizosa, gafas de sol, camiseta blanca, mirada al frente.
Pues nada, a esperar. Otro ratito a 130, el astra que desaparece por el retrovisor, el astra que aparece por el retrovisor, me pasa y se vuelve a clavar a 100 delante de mí. Tuve que frenar un poco bruscamente, menos mal que la transit iba vacía; pero ya me cansaba el jueguecito. Así que mientras dudaba entre darle zapatilla y dejarla atrás o pararme a descansar un rato, vi que ella ponía el intermitente para salir de la autovía a un área de descanso. Así que puse yo también el intermitente, por ver qué pasaba más que otra cosa.
Entré muy despacio en el aparcamiento, para poder ver qué hacía ella y tener cierto margen de actuación. Y en el aparcamiento había tres monovolúmenes y un todoterreno aparacados muy juntitos a la sombra en un extremo, y ella aparcó al sol en el otro.
así que sin saber muy bien qué iba a hacer, me fui donde estaba ella, y aparqué. Todo muy despacio, con mucha parsimonia y precisión para dejar la furgoneta exactamente centrada en la plaza de aparcamiento; y exactamente enfrente del opel astra azul oscuro.
Sin mirar por los retrovisores, me santigüé, m sequé el sudor de la frente con un trapo sucio y bajé de la furgoneta. Sin mirarla todavía, cogí una bolsa del eroski con restos de bocadillos y empanada y una botella de agua, y miré: ella estaba sentada en una mesa redonda de piedra, con los pies apoyados en el banco. Mirándome. Así que, sin cerrar la furgoneta, fui y me senté, en la mesa de al lado, con los pies en el banco, mirándola. Estaba como a cinco metros de la chica. Así que pude hacer un examen detallado.
Tendría poco menos de 40 años. Le faltaban un par de kilos. Morena, rizosa, camiseta blanca, vaqueros azules, gafas de sol que se quitó mientras yo la miraba. Tenía los ojos marrones, muy normalitos, nada del otro mundo.
Me miraba.
Yo la miraba también, con la comida en la bolsa a un lado, con cara de pregunta. Pero ella me miraba, y nada más. Yo esperaba algo de su parte, una señal que me indicara qué hacer. Enséñame que no llevas bragas, pensaba yo; dime que quieres fumarte un porro, háblame de tu marido, o de tu novia, dime que conduzco fatal... Dime hola.
Pero ella no decía nada. Mordisqueaba muy despacito medio sandwich de algo blanco, como mayonesa o queso filadelfia. Y me miraba.
Sonríeme, pensaba yo; tócate el pelo, coge el móvil, acaríciate una teta, haz algo... Dame una señal.
Pero me miraba y no decía nada.
Me armé de valor, y sin dejar de mirarla, bebí un trago de agua.
Pero ella seguía mirándome, absolutamente inexpresiva, mordisqueando el bocadillo, comiendo muy despacito.
No pude más. Llevábamos lo menos 20 minutos mirándonos, y la del astra no decía nada. Me harté. Si por lo menos estuvieras buena, pensé, mientras me levantaba de un salto hacia la furgoneta.
Durante un segundo estuve meditando seriamente qué hacer. No sabía si largarme o sacar un palo y abrirle la cabeza. Antes de llegar a una conclusión me acordé de los monovolúmenes y el todoterreno. Así que me metí en la furgo y salí quemando rueda. Alguna africana de la casa de campo acabaría pagando las tonterías de la del astra azul oscuro.

jueves, 13 de septiembre de 2007

Amanda

Hace muchos, muchos años, yo frecuentaba un garito nocturno llamado La Sucursal. En él trabajaban Amanda y Violeta, dos chicas muy simpáticas que hicieron muy buenas migas con algunos de mis amigos.
Amanda era actriz. Y era rubia. Y estudiaba el la famosa escuela de ¿Cristina Rota? ¿Lola Herrera? o alguien así.
Cuando yo ya había dejado de ir a La Sucursal, Amanda estaba participando en la Catársis del Tomatazo. Era (y quizá todavía es) un espectáculo en un teatro alternativo (o sea, pequeño) en el que se repartían tomates a los espectadores para que certificaran con ellos que una actuación no les había gustado.
Allí, amanda conoció a una o varias personas que se dedicaban a la música. Así que, con uno o varios de estos chicos, y quizá más gente, formaron un grupo. Amanda tocaba la batería.
Hicieron lo que hacen los grupos cuando empiezan: ensayar, ensayar y ensayar. Luego empezaron a tocar en lugares pequeñitos y a componer temas propios, no necesariamente en ese orden. Y luego, apareció un productor que parecía querer ayudarles. En realidad, lo que quería era aprovecharse de ellos y largarse con la pasta.
Así que pasaron de aquel productor. Y siguieron ensayando y tocando. Y apareció otro productor. y esta vez no iba a timarles: veía en ellos (sólo en ellos) un gran potencial. Pero había un par de cosas que no le gustaban: los grupos españoles que cantan en inglés no triunfan nunca, salvo que se llamen Dover; y una chica a la batería es lo peor. Es menos comercial que un cantante calvo y feo. Así que se vieron en una disyuntiva: o darle la patada a Amanda y grabar un disco, o seguir como hasta entonces.

Hoy ese grupo se llama El Canto del Loco.